viernes, 9 de octubre de 2015

De Al Qaeda al Estado Islámico

Que Fernando Reinares es un gran investigador y experto en terrorismo internacional es algo sabido por todos y todas. Por eso, cuando tenemos oportunidad de poder dar relevancia a sus artículos, lo hacemos, aunque sea a través de este modesto Blog. En este caso, y utilizando su soporte habitual en el Real Instituto Elcano, nos ofrece una retrospectiva de los ultimos años de terrorismo global para entender un poco mejor la estrategia de DAESH. 

Tema
Un año después de que el denominado Estado Islámico impusiera su dominio sobre amplias zonas de Siria e Irak, proclamando un califato que ha ido expandiendo, evidencia capacidades y recursos para la acción terrorista fuera de esos países comparables si no ya superiores a los acumulados por al-Qaeda la pasada década.



Resumen

El yihadismo global ha entrado en el tercer período de su evolución desde que al-Qaeda fuese establecida en 1988. La gran novedad de este tercer período no es otra que la irrupción, en junio de 2014, del denominado Estado Islámico (EI). Ambas, al-Qaeda y el EI, en tanto que matrices distintas del yihadismo global con liderazgo y estrategias diferenciadas, rivalizan en la actualidad por hegemonizarlo pero no cabe descartar una futura cooperación entre ambas organizaciones. Así, dicho fenómeno se encuentra más extendido que nunca antes, pero escindido y con formas nuevas que se suman a las ya existentes. Al tiempo, su constitutiva amenaza terrorista cuenta con nuevos focos, registra una tendencia al alza y denota especial complejidad, añadida a la marcada diversidad que la venía caracterizando anteriormente.

Análisis

En las mutaciones por las que han atravesado tanto el yihadismo global como la amenaza terrorista inherente al mismo pueden distinguirse tres períodos. Un primer período es el que se inicia en 1988 con la formación de al-Qaeda como núcleo fundacional y matriz de referencia del terrorismo global propiamente dicho para concluir, 13 años más tarde, con los atentados del 11 de septiembre de 2001 en EEUU y sus inmediatas repercusiones. El segundo período que se abrió entonces terminó en 2011 con el abatimiento de Osama bin Laden y el comienzo de las convulsiones políticas en algunos países del mundo árabe, a lo largo del cual al-Qaeda se descentraliza y el yihadismo global adquiere los rasgos de un fenómeno polimorfo. En el tercer período, el actual, el yihadismo global se encuentra más extendido que nunca antes pero dividido, al menos inicialmente, pese a lo mucho que sin embargo tienen en común, entre sus ahora dos matrices de referencia, es decir, al-Qaeda y, desde junio de 2014, el denominado EI.

Orígenes y consolidación de al-Qaeda

Durante algo más de un cuarto de siglo, hablar de terrorismo global era hacerlo de al-Qaeda. Fue en 1988, en las postrimerías de la contienda que la invasión soviética desencadenó en Afganistán a lo largo de ese mismo decenio y cuyo desenlace supuso el éxito de una operación encubierta de los servicios de inteligencia estadounidenses, cuando Osama bin Laden, junto a Abdullah Azzam y Ayman al-Zawahiri –saudí, palestino y egipcio, respectivamente– fundaron, por paradójico que parezca, dicha organización inspirada en las actitudes y creencias propias del salafismo yihadista. Esta ideología, una variante del salafismo de acuerdo con la cual el concepto religioso de yihad debe ser entendido exclusivamente en su acepción belicosa, justifica moral y utilitariamente la violencia terrorista con el objetivo último de instaurar un califato o suerte de imperio panislámico de orientación fundamentalista. Un califato que incorpore la totalidad de los territorios sobre los cuales ha existido dominio musulmán –al-Ándalus incluido– y se imponga sobre la totalidad del género humano.

Los dirigentes de al-Qaeda adoptaron para ello una estrategia dual, dirigida tanto contra el denominado enemigo cercano como contra el llamado enemigo lejano. Es decir, por una parte contra los regímenes de países con poblaciones mayoritariamente musulmanas, cuyos gobernantes son tildados de apóstatas por los yihadistas debido al carácter secular de las políticas que desarrollan, al margen de cuáles sean el tipo de estructura y distribución del poder o de la legitimación en que se sustente. Por otra parte, dirigida contra las sociedades que desde una misma perspectiva islamista son descritas como propias de infieles, principal aunque no exclusivamente del mundo occidental. En la lógica inherente al yihadismo global, menoscabar mediante la violencia terrorista a ciudadanos e intereses de las sociedades abiertas sirve, de modo específico, para erosionar la propia estabilidad de los gobiernos del mundo islámico que son tenidos por heréticos.

Al-Qaeda se consolidó durante la primera mitad de los años 90, gracias a la tolerancia de las autoridades de Pakistán, donde mantuvo ininterrumpidamente facilidades para movilizar recursos humanos y materiales, al igual que a la protección ofrecida por los gobernantes islamistas de Sudán, que apenas se habían hecho con el poder en ese actualmente escindido país, a los dirigentes y buena parte de los cuadros iniciales de aquella organización yihadista. Entre 1991 y mediados de 1996, al-Qaeda desarrolló una incipiente actividad terrorista en distintos países de la Península Arábiga y el Este de África, mientras establecía vínculos con entidades yihadistas por entonces emergentes en el Magreb o el Sudeste Asiático, al mismo tiempo que se introducía en naciones de Europa Occidental como el Reino Unido, Alemania, Italia y España. En 1994 fue cuando empezó a articularse en este último país una célula de al-Qaeda, cuyos integrantes residían sobre todo en Madrid y Granada, muy bien conectada con el directorio de dicha organización yihadista y con los seguidores de la misma que por entonces se desenvolvían en Londres, Hamburgo y Milán.

Aprovechándose del santuario que obtuvo en Afganistán desde que en 1996 los talibán se hicieron con el control de Kabul, así como de la facilidad con que sus miembros cruzaban fronteras a lo largo y ancho del planeta, al-Qaeda empezó a idear, planificar, preparar y ejecutar atentados espectaculares y altamente letales contra significados blancos occidentales. Los primeros que recabaron una muy especial atención por parte de los gobiernos en todo el mundo y que por añadidura obtuvieron una inusual cobertura en los medios de comunicación internacionales fueron los atentados de carácter suicida perpetrados en agosto de 1998 junto a las embajadas estadounidenses en Nairobi y Dar es Salaam, como consecuencia de los cuales perdieron la vida más de 220 personas, en su inmensa mayoría habitantes de esas dos capitales africanas que se encontraban cerca de dichas sedes diplomáticas.

Pero los atentados cuyos catastróficos resultados, entre ellos casi 3.000 muertos, vinieron a alterar en profundidad la visión de la amenaza inherente al terrorismo global relacionado con al-Qaeda, ocurrirían poco más de tres años después, concretamente el 11 de septiembre de 2001 y no fuera sino dentro del propio territorio continental de EEUU. Ese día, como es bien sabido, 19 terroristas de al-Qaeda, en su mayoría de nacionalidad saudí, lograron secuestrar y estrellar dos aeronaves comerciales contra las Torres Gemelas de Nueva York y otra más contra un ala del Pentágono en Washington. Un cuarto avión, que los terroristas no consiguieron pilotar hacia la Casa Blanca o más probablemente el Capitolio, debido a la reacción de los ciudadanos que iban a bordo del aparato, se precipitó en un descampado de Pensilvania.

Conviene no olvidar, con todo, que EEUU era y sigue siendo blanco preferente de al-Qaeda pero en modo alguno el único en el mundo occidental. No en vano, los máximos dirigentes de la organización terrorista habían auspiciado, en febrero de 1998, la constitución, junto con algunas otras entidades de su misma orientación ideológica pero de ámbito operativo más circunscrito, del llamado Frente Islámico Mundial para la Yihad contra Judíos y Cruzados. Nueve meses antes del 11-S, una efectiva actuación de los servicios de seguridad de al menos cuatro países europeos hizo posible desbaratar un atentado muy cruento que, planificado en el Reino Unido y preparado en Alemania, iba a ser ejecutado en Francia en diciembre de 2000, concretamente en un concurrido mercado navideño cercano a la catedral de Estrasburgo, por una célula terrorista directamente relacionada con el directorio de al-Qaeda.

En cualquier caso, como consecuencia de la reacción estadounidense al 11-S, al-Qaeda perdió el santuario del que venía disfrutando en Afganistán. No pocas de sus organizaciones afines quedaron también privadas de las infraestructuras que mantenían al amparo de los talibán. Otras con bases fuera de ese país surasiático se vieron asimismo afectadas, aunque en relativa menor medida, por las iniciativas antiterroristas que adoptaron numerosos gobiernos del mundo. Pero, al contrario de lo que muchos estudiosos y comentaristas dieron por descontado, al-Qaeda continuó existiendo como organización yihadista. Reubicada desde 2002 en las zonas tribales de Pakistán, cobijada por los talibán paquistaníes, mostró una sobresaliente capacidad de adaptación y resiliencia que en gran medida se explica precisamente por su jerarquizada y sólida articulación organizativa.

En primer lugar, al-Qaeda optó por descentralizarse, estableciendo algunas extensiones o ramas territoriales subordinadas, aunque en diverso grado dependiendo del modo como se produjera su formación y del tipo de liderazgo instaurado en ellas. En segundo lugar, fomentó relaciones de asociación con organizaciones de similar orientación basadas en distintas regiones del mundo islámico y la aparición de nuevas entidades afines, siempre inspiradas en la ideología común del salafismo yihadista. Finalmente, desarrolló una extraordinaria campaña de propaganda, sobre todo a través de Internet. Entre tanto, la guerra de Irak, iniciada en 2003, favoreció extraordinariamente la recuperación de al-Qaeda. De un lado, gracias a que empezaron a revertirse las desfavorables circunstancias a las cuales hacía frente en suelo afgano. De otro lado, debido a la amplia movilización de recursos humanos y materiales que la contienda iraquí canalizó en su favor, especialmente hasta 2007.

Extensión y diversificación del yihadismo

En la década posterior al 11-S el terrorismo yihadista se diversificó y extendió. Tres grandes componentes interrelacionados fueron configurando la urdimbre mundial del yihadismo. Por una parte, al-Qaeda en tanto que estructura terrorista global, incluyendo a su núcleo central en Pakistán y a las ramas territoriales que sucesivamente consiguió establecer entre 2003 y 2007, es decir al-Qaeda en la Península Arábiga (AQPA), al-Qaeda en la Tierra de los Dos Ríos (AQTDR) –desde 2006 conocida como Estado Islámico de Irak (EII)– y al-Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI). Por otra parte, un heterogéneo y variable conjunto de organizaciones asociadas con al-Qaeda central o sus extensiones, entre cuyos más notables exponentes cabe mencionar a Yemaa Islamiya (YI), Therik e Taliban Pakistan (TTP), al-Shabab (AS), el Emirato del Caúcaso (EC) y más tardíamente Boko Haram (BH). Por último, un magmático elenco de individuos y células independientes, inspirados por la ideología y las directrices de al-Qaeda como matriz del yihadismo global.

La amenaza terrorista inherente a este movimiento adquirió así una naturaleza variada, a menudo incluso compuesta, en la que se mezclaban actores individuales y colectivos correspondientes a dos o más de esos tres componentes del yihadismo global. En zonas donde la actividad terrorista se inscribía en el repertorio de violencia propio de una verdadera insurgencia yihadista, como ya entonces ocurría en Afganistán, las áreas tribales de Pakistán e Irak, lo habitual era que desde el directorio de una organización dominante se ideara, planificara y encomendara la ejecución de atentados a los miembros de la misma. Pero en modo alguno era infrecuente que los talibán afganos y los paquistaníes, por ejemplo, colaborasen en esos propósitos con la matriz de al-Qaeda u otras entidades afines, de la misma manera que lo hacía AQTDR con formaciones yihadistas activas en su mismo ámbito iraquí. Al-Qaeda y la YI cooperaron, por ejemplo, en la planificación y preparación de los atentados perpetrados en la isla indonesia de Bali en octubre de 2002, cometidos por integrantes de la última.

La matanza del 11 de marzo de 2004 en Madrid, con 191 víctimas mortales, reveló con particular complejidad esta evolución de la amenaza terrorista pero en el interior de las sociedades occidentales. Alrededor de 30 individuos integraron la red del 11-M, parte de ellos movilizados de entre el remanente de la célula de al-Qaeda en España –la conocida como célula de Abu Dahdah– desmantelada en noviembre de 2001, otros desde las estructuras europeas del Grupo Islámico Combatiente Marroquí (GICM) y los demás a partir de una banda de delincuentes magrebíes tornados en yihadistas. Empezó a formarse en marzo de 2002, una vez tomada en diciembre de 2001 en Karachi la decisión de atentar en España, ratificada en febrero de 2002 en Estambul durante una reunión de organizaciones yihadistas norteafricanas y aprobada por los dirigentes de al-Qaeda hacia finales del verano o inicios del otoño de 2003. La red del 11-M estuvo conectada con la matriz de al-Qaeda en Pakistán mediante Amer Azizi, adjunto a su jefe de operaciones externas y antiguo destacado miembro de la célula de Abu Dahdah.

Ni el abatimiento de Osama bin Laden, en mayo de 2011, por unidades especiales de las Fuerzas Armadas estadounidenses, una vez que la inteligencia norteamericana diese con su escondite en Abbottabad, ni la mal llamada –por inadecuadamente interpretada, concediendo preeminencia al deseo sobre el entendimiento– Primavera Árabe, significaron el colofón de al-Qaeda o la decadencia del yihadismo global. Aun cuando este fenómeno y la propia al-Qaeda estuviesen atravesando por una crisis de legitimación entre su población de referencia, pues la gran mayoría de las víctimas que ocasionaban eran musulmanes y esta realidad había afectado severamente a su imagen entre las opiniones públicas de los países del mundo islámico. Pero al-Qaeda en tanto que estructura terrorista global se ha servido de la progresiva inestabilidad en Oriente Medio y el Norte de África para incrementar su actividad y tratar de reforzarse, especialmente en casos como los de Siria y Malí.

AQMI, desde su base en territorio de Argelia y sus refugios al sur de este país, junto al Movimiento para la Unicidad y la Yihad en África Occidental (MUYAO) y a Ansar al-Din (AD), consiguieron instaurar temporalmente, a lo largo de 2012, un verdadero condominio yihadista en el norte de Malí. Esas tres organizaciones, pese a las diferencias que tienen entre sí y a su tamaño relativamente reducido, sometieron durante meses a la población de Tombuctú, Gao, Kidal y otras localidades en la misma zona central del Sahel, que cerca estuvo de convertirse en un foco múltiple de amenaza terrorista para África Septentrional y Europa Occidental. Hasta que una decidida intervención militar de Francia –el país con más intereses en la región–, iniciada en enero de 2013 a requerimiento de las autoridades de Bamako y ampliamente apoyada por la comunidad internacional, puso fin a la situación. Mientras tanto, otras nuevas organizaciones yihadistas se articulaban en Egipto, Libia, Túnez y Siria.

Precisamente en Siria e Irak como escenario común de insurgencia yihadista se observan dos facetas claves de la actual transformación del terrorismo global. Por una parte, dicha insurgencia ha suscitado una movilización yihadista sin precedentes entre jóvenes musulmanes dentro y fuera del mundo islámico. Por otra parte, ahora hay dos entramados yihadistas de proyección internacional con sus respectivas matrices. El nuevo se ha formado desde el EII, antes una extensión iraquí de al-Qaeda. Después de implicarse en el conflicto sirio y adoptar en 2013 el nombre de Estado Islámico de Irak y Levante (EIIL), Ayman al-Zawahiri, emir de al-Qaeda, lo desposeyó de aquella condición. Antes, Abu Bakr al-Baghdadi, líder del EIIL, se había negado a confinar sus actividades dentro de Irak y a reconocer al Frente al Nusra como rama exclusiva de al-Qaeda en Siria. Esta ruptura ha desatado una pugna por la hegemonía en el yihadismo global entre dos organizaciones que comparten en lo fundamental doctrina y fines pero discrepan en tácticas y estrategia.

En el contexto de dicha competición, el EIIL anunció el 29 de junio la proclamación de un califato, la designación de Baghdadi como califa y que la organización pasaba a denominarse Estado Islámico (EI) sin más. Esta iniciativa y la evidencia de controlar amplias zonas de Siria e Irak contrastaban con los resultados mostrados por al-Qaeda. Así, el EI ha recabado apoyo de diversas entidades yihadistas, provocando fracturas en otras asociadas con al-Qaeda y galvanizando a una mayoría de los musulmanes radicalizados en el seno de las sociedades abiertas, incluida España. No sólo ha mantenido sus posiciones sino que se ha expandido hacia zonas de Libia y Nigeria, Esa competición puede o no derivar en cooperación, pero la rivalidad entre el núcleo de una urdimbre de terrorismo global existente y la matriz de otra emergente, unida a la insólita movilización yihadista estimulada por los acontecimientos en algunos países del mundo árabe, implica que la amenaza terrorista para Occidente va a persistir y al alza, si bien con variaciones significativas en sus principales actores y escenarios.

Pugna por la hegemonía del yihadismo global

Desde que en 2013 se produjo la ruptura entre al-Qaeda y una de sus dos ramas territoriales en Oriente Próximo, la organización yihadista cuyos antecedentes se remontan a 2004 y que en junio de 2014 adoptó el nombre de EI, ésta última sobrepasa con creces a la primera en la movilización de seguidores y el reclutamiento de militantes o colaboradores, dentro y fuera de aquella región del mundo. Tanto en países con poblaciones predominantemente musulmanas como entre las colectividades islámicas que existen en el seno de las sociedades occidentales. No es un fenómeno que se observe sólo en redes sociales y canales de Internet. Una gran mayoría de los varios miles de yihadistas extranjeros procedentes del norte de África o de Europa Occidental que se encuentran actualmente en el escenario común de insurgencia que forman Siria e Irak está a las órdenes de Abu Bakr al-Baghdadi, el líder del EI, en lugar de estarlo a las de Abu Muhammad al-Julani, subordinado de Ayman al-Zawahiri como dirigente del Frente al-Nusra, la filial en Siria de al-Qaeda.

Más aún, en la rivalidad que mantiene en estos momentos con al-Qaeda por la hegemonía del yihadismo internacional en su conjunto, el EI ha conseguido recabar la complacencia y el apoyo, cuando no el juramento de fidelidad hacia Baghdadi por parte de sus respectivos líderes previo a una fusión de hecho, de organizaciones yihadistas de relativa reciente aparición, como Ansar al-Sharia en Túnez, Ansar al-Sharia en Libia y Ansar Bayt al-Maqdis en Egipto, o de más larga trayectoria, casos de Abu Sayaf en Filipinas y de Boko Haram en Nigeria. Además, ha provocado significativas quiebras en extensiones territoriales de al-Qaeda tan afianzadas como al-Qaeda en la Península Arábiga (AQPA) o al-Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), de la que surgieron en Argelia los llamados Soldados del Califato (SC), e incluso escisiones en entidades asociadas con la matriz de esa estructura terrorista de la importancia de Therik e Taliban Pakistan (TTP).

Sin embargo, el EI y al-Qaeda comparten ideología y fines. A ambas es común el salafismo yihadista, aunque en el caso del EI adquiere una connotación profética y apocalíptica que es menester subrayar. Ambas coinciden en un mismo objetivo último: el de extender por la fuerza la observancia del credo islámico, en su expresión más excluyente y rigorista, sobre el conjunto de la humanidad y reinstaurar el califato sobre la totalidad de los territorios en los que rigen o han regido alguna vez, desde el siglo VII, las estipulaciones del Corán. Pero ante una misma población de referencia, el EI presenta como resultados lo que para al-Qaeda siguen siendo aspiraciones. Mientras que el EI controla amplias franjas de Siria e Irak, al-Qaeda central se encuentra recluida desde 2002 en las áreas tribales de Pakistán, AQPA tiene limitado su espacio de influencia en las zonas de Yemen y AQMI fracasó en mantener el condominio que durante 2012 instauró, junto al MUYAO y AD, en el norte de Malí. Al-Shabab, pese a sus actividades en Kenia, no atraviesa por su mejor momento en Somalia.

Mientras que al-Qaeda pretende, desde al menos mediada la década de los 90, restablecer el califato, el EI lo proclamó en la práctica hace ya un año y ha convertido a su propio líder en el nuevo califa que reclama autoridad política y religiosa sobre todos los musulmanes del planeta sin excepción. Poco importa que los dirigentes de aquella insistan en que no se dan las condiciones favorables para crear y consolidar el califato. Habiéndose anticipado en ello y disponiendo de una base territorial donde ejerce poder y que otorga credibilidad a su propaganda, al EI se le atribuyen un éxito y unas expectativas de éxito que le son negadas a al-Qaeda. A este respecto, unas palabras de Osama bin Laden permiten aprehender con particular rotundidad lo que, en definitiva, tiene o se percibe que tiene el EI que en estos momentos no tiene o no se percibe que no tiene al-Qaeda. En noviembre de 2001, apenas dos meses después de los atentados de Nueva York y Washington, dirigiéndose a unos partidarios suyos reunidos en la localidad afgana de Kandahar, afirmó: “cuando la gente ve un caballo fuerte y un caballo débil, preferirá el caballo fuerte”.

Ese éxito y esas expectativas de éxito atribuidas al EI refuerzan extraordinariamente las motivaciones individuales para la implicación en actividades yihadistas basadas en criterios de racionalidad que se interiorizan mediante el proceso de radicalización. Tampoco cesa el EI de fomentar un acendrado odio hacia quienes cataloga como infieles o apóstatas. Ni en el empeño de trocar en sentimientos de humillación asociados con la condición islámica las injusticias y las frustraciones que por otras razones aquejan a grandes segmentos de las poblaciones musulmanas. En nuestro entorno europeo, la movilización yihadista relacionada con el EI afecta mucho más a naciones donde la población musulmana está básicamente compuesta por descendientes de inmigrantes procedentes de países islámicos, es decir, las llamadas segundas o incluso terceras generaciones. Ello sugiere que dicha movilización incide muy especialmente sobre jóvenes que, en un período crítico de su ciclo vital individual, atraviesan por una crisis de identidad para la que el EI está ofertando una solución, como puede leerse en un reciente número de Dabiq, su principal órgano de propaganda en inglés: “el resurgimiento del Califato proporciona a cada individuo musulmán una entidad concreta y tangible para satisfacer su natural deseo de pertenecer a algo grande”.

En suma, lo que al-Qaeda central y sus extensiones territoriales ofrecen en estos momentos a jóvenes musulmanes radicalizados o vulnerables a la radicalización, en países con poblaciones mayoritariamente musulmanas o entre musulmanes que habitan en otras sociedades, es pertenecer a una organización yihadista que, aunque degradada en su núcleo, mantiene capacidades operativas nada desdeñables en determinadas áreas del mundo islámico y, pese a las adversidades que afronta, continúa persiguiendo la restauración del califato. Pero lo que el EI ofrece a esos mismos individuos es algo más. Les ofrece nada menos que formar parte de una nueva sociedad de base yihadista, de un califato con territorio limitado pero al que sus arquitectos logran dar visos de mantenimiento y expansión, de un orden social y político en el que reiniciar sus vidas, incluso emigrando en familia, con un nuevo sentido y una nueva identidad colectiva en la que reconocerse a sí mismos y ser reconocidos por los demás.

Un año después de que el EI impusiera su dominio sobre millones de personas en Siria e Irak, proclamando aquel califato que ha ido expandiendo, evidencia capacidades y recursos para la acción terrorista fuera de ese escenario común de insurgencia yihadista que son comparables si no ya superiores a los medios que al-Qaeda fue progresivamente acumulando la pasada década. La amenaza terrorista del EI, que por el momento se añade pero cabe descartar que en un futuro no muy lejano, según sea el curso de los acontecimientos, complemente o se combine con la todavía nada desdeñable de al-Qaeda, es muy diversa. Incluye desde la planificación y preparación de atentados altamente letales e incluso coordinados, como se han producido en Túnez, Yemen o Kuwait, hasta la actuación por su propia cuenta, en el seno de las sociedades occidentales, de seguidores de Baghdadi, hayan estado o no en Siria o Irak.
Conclusiones

Ni al-Qaeda dejó de existir tras el 11 de septiembre de 2001 y la pérdida de su santuario en Afganistán, ni el yihadismo global se convirtió en un fenómeno amorfo del cual apenas cabía esperar otra amenaza que la de los terroristas yihadistas independientes. Tampoco al-Qaeda se desvaneció con la muerte de Osama bin Laden y los estallidos populares en algunos países del mundo árabe durante 2011, como tampoco dejó de existir la ya para entonces diversificada amenaza del terrorismo yihadista. Más aún, en el tercer período de la evolución del yihadismo global en que nos encontramos, este fenómeno se encuentra más extendido que nunca antes, ha alcanzado cotas mundiales de movilización inusitadas y la amenaza inherente al mismo está en auge. Ello obedece, en gran medida, a la irrupción del denominado EI como matriz del yihadismo global alternativa a la fundacional, es decir a al-Qaeda. Entre ambas estructuras globales existe en estos momentos una rivalidad que, sin embargo, podría trocarse a medio plazo, según se desarrollen los condicionantes internos y externos sobre sus respectivos liderazgos, en alguna fórmula de cooperación.

Fernando Reinares
Investigador principal de Terrorismo Internacional en el Real Instituto Elcano y catedrático de Ciencia Política en la Universidad Rey Juan Carlos | @F_Reinares

Puedes ver la noticia en la web de Elcano pinchando este enlace. 

viernes, 2 de octubre de 2015

Cómo luchar contra el Estado Islámico

El Estado Islámico ha captado la atención del mundo con unos vídeos horripilantes de decapitaciones, destrucción gratuita de antigüedades y una hábil utilización de los medios de comunicación social. También ha conquistado una gran parte de la Siria oriental y del Irak occidental, ha proclamado un califato con base en Al Raqa (Siria) y ha atraído a yihadistas extranjeros de todo el mundo.
El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, dice que se debe debilitar y en última instancia derrotar al Estado Islámico. Ha nombrado al general John Allen para que encabece una coalición de unos 60 países para ese fin, recurriendo a ataques aéreos, fuerzas especiales y misiones de formación. Algunos críticos quieren que envíe más tropas americanas; otros dicen que Estados Unidos debe limitarse a formular una doctrina de contención.
En la actual campaña electoral de EE UU, algunos candidatos están pidiendo “botas en el terreno”. Tienen razón: hacen falta botas, pero los soldados que las calcen deben ser árabes y turcos suníes, no americanos. Y con eso se dice mucho sobre la triple amenaza que afrontan ahora Estados Unidos y sus aliados.

El Estado Islámico es tres cosas: un grupo terrorista transnacional, un proto-Estado y una ideología política con raíces religiosas. Se desarrolló a partir de Al Qaeda después de la desacertada invasión de Irak encabezada por Estados Unidos; y, como Al Qaeda, apela a los islamistas suníes extremistas. Pero ha ido más lejos al crear un califato, y ahora es un rival de Al Qaeda. Su posesión de territorio le da la legitimidad y capacidad para una yihad ofensiva, que no sólo va dirigida contra infieles, sino también contra musulmanes chiíes y sufíes, a los que considera takfir, es decir, musulmanes no verdaderamente monoteístas. 
El Estado Islámico ensalza la pureza del islam del siglo XVII, pero tiene una habilidad extraordinaria para utilizar los medios de comunicación del siglo XXI. Sus vídeos y cauces en los medios de comunicación social son instrumentos eficaces para atraerse a una minoría de musulmanes, fundamentalmente jóvenes que tienen problemas de identidad. Descontentos como están, muchos se sienten atraídos por el jeque Google, donde los reclutadores del Estado Islámico esperan aprovecharse de ellos. Según algunos cálculos, hay más de 25.000 combatientes extranjeros que prestan servicio en el Estado Islámico. Los que mueren son sustituidos rápidamente.
La triple naturaleza del Estado Islámico crea un drama en materia de política. Por una parte, es importante utilizar el poder militar duro para privar al califato del territorio que le brinda refugio y legitimidad; pero, si la presencia militar norteamericana es demasiado fuerte, el Estado Islámico resultará fortalecido, con lo que contribuirá a las actividades de reclutamiento mundial de este último.
Esa es la razón por la que las botas en el terreno deben ser suníes. La presencia de tropas extranjeras o chiíes refuerza la afirmación del Estado Islámico de que está rodeado y retado por infieles. Hasta ahora, gracias en gran medida a las eficaces fuerzas kurdas, abrumadoramente suníes, el Estado Islámico ha perdido el 30%, aproximadamente, del territorio con el que contaba hace un año. Sin embargo, el despliegue de una infantería suní requiere formación, apoyo y tiempo, además de la presión al Gobierno central de Irak, dominado por chiíes, para moderar su actitud sectaria.
Después del desastre en Libia —donde el Estado Islámico apoya a milicias yihadistas y anuncia la creación de tres “provincias lejanas”—, Obama es comprensiblemente reacio a derribar el régimen de Bachar el Asad, para ver simplemente al Estado Islámico hacerse con el control de más territorio, acompañado de atrocidades genocidas contra los numerosos musulmanes no suníes de Siria. Pero Asad es uno de los instrumentos de reclutamiento más eficaces del Estado Islámico. Muchos yihadistas extranjeros responden a la perspectiva de contribuir al derrocamiento de un Gobierno alauí tiránico que mata a suníes.
La tarea diplomática de Estados Unidos es la de persuadir a Rusia e Irán, partidarios de Asad, para que lo destituyan sin desmantelar los restos de la estructura estatal siria. Un espacio de prohibición de vuelos y una zona segura en el norte de Siria para millones de desplazados podría reforzar la diplomacia norteamericana y la prestación de asistencia humanitaria a los refugiados (para lo que el Ejército americano es muy eficaz) aumentaría enormemente el poder blando de Estados Unidos.
Así las cosas, la financiación y la coordinación de la estrategia del poder blando no son suficientes, pero sabemos que el poder duro tampoco lo es, en particular para conquistar el ciberterritorio que ocupa el Estado Islámico: por ejemplo, eliminando las redes zombis y contrarrestando las posiciones de los medios de comunicación hostiles.
Aun cuando Estados Unidos y sus aliados derroten al Estado Islámico en el próximo decenio, debemos estar preparados para que un grupo extremista similar surja de las cenizas. Las revoluciones del tipo de las que están produciéndose en Oriente Próximo tardan mucho en disiparse. Las causas de una inestabilidad revolucionaria son, entre otras, unas fronteras poscoloniales tenues, una modernización detenida, el fracaso de la primavera árabe y el sectarismo religioso, exacerbado por la rivalidad interestatal entre Arabia Saudí, gobernada por suníes, y el Irán gobernado por chiíes.
En Europa, las guerras de religión entre católicos y protestantes duraron casi un siglo y medio. Los combates solo acabaron (con la paz de Westfalia en 1648) hasta que Alemania perdió una cuarta parte de su población en la guerra de los Treinta Años. Pero conviene recordar que las coaliciones de aquella época eran complejas, pues la Francia católica ayudaba a los protestantes holandeses contra los Habsburgo católicos por razones dinásticas, más que religiosas. En el Oriente Próximo actual debemos esperar una complejidad similar.
Pensando en el futuro de una región en la que Estados Unidos tiene intereses tan diversos como la energía, la seguridad de Israel, la no proliferación nuclear y los derechos humanos, las autoridades norteamericanas deberán seguir una estrategia flexible de “contención, junto con avances lentos”. Tanto si la política iraní se vuelve más moderada como si no, a veces Irán compartirá los intereses norteamericanos y a veces se opondrá a ellos. En realidad, el reciente acuerdo nuclear puede brindar oportunidades de una mayor flexibilidad. Sin embargo, para aprovecharlas, la política exterior de Estados Unidos tendrá que desarrollar un nivel mayor de complejidad de lo que revela el debate actual.
Joseph S. Nye, Jr., profesor de la Universidad de Harvard y autor de Is the American Century Over? ("¿Se ha acabado el siglo americano?"), ha copresidido recientemente un grupo de debate estratégico en Aspen sobre el Estado Islámico y el radicalismo en Oriente Próximo.
Traducción de Carlos Manzano.
Copyright: Project Syndicate, 2015. www.project-syndicate.org
Para ver el artículo en El País, pincha aquí.


viernes, 25 de septiembre de 2015

Seguridad y Cambio Climático en el Mediterráneo (y 2)

Los efectos del cambio climático son reales, tangibles,  y sus consecuencias se reflejan en las actitudes de los pobladores de los diferentes territorios de las orillas norte y sur del Mediterráneo. Incardinadas unas con otras, las amenazas se convierten en globales aunque actúen, inicialmente, de manera aislada. Sólo la convergencia de las políticas adecuadas retrasará los efectos del cambio climático, teniendo claro que llegarán y que serán definitivos. Por ello, tan solo desde un punto de vista integral podrán atemperarse, siendo la seguridad preventiva y sostenible las únicas que pueden paliar esta admonición de carácter global, al intercalar políticas de desarrollo, de diálogo entre los pueblos y de defensa como pilar básico del mantenimiento del respeto a las leyes,  los derechos humanos y el bienestar de las personas que conforman una determinada colectividad.  

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En cuanto a la seguridad energética[1], podemos afirmar que es un asunto de prioridad especial para la orilla norte del mediterráneo, teniendo en cuenta la dependencia que la UE tiene de los recursos naturales de la orilla sur, es decir, del norte de África y Oriente Medio. De hecho, la energía es una prioridad en las relaciones euro mediterráneas desde hace mucho tiempo[2]. Por ello, cualquier factor desestabilizante en la producción de petróleo o gas y su distribución a los países mediterráneos de la UE, es motivo de atención preferente por las autoridades comunitarias, y el cambio climático está acelerando la necesidad de energía, sobre todo en la región sur mediterránea. Se trata, por tanto, de reforzar y mejorar, mediante nuevos sistemas, la seguridad energética de la región mediterránea. Por supuesto, la UE también, ya que se observa una tendencia general en el panorama energético del norte de África caracterizado por un aumento del consumo interno y un estancamiento en la producción de energía, sobre todo a partir de las diferentes “primaveras árabes”[3]. No en vano, la región MENA[4] acumula el 60% de las reservas conocidas de petróleo del mundo y el 45% de las reservas mundiales de gas, así como el control de las principales vías de exportación del mundo (estrecho de Ormuz, estrecho de Bab el-Mandeb y el Canal de Suez), representando una parte muy importante de la seguridad energética del mundo[5]. Resumiendo, mientras Argelia, Libia y Egipto son importantes proveedores de energía, Túnez y Marruecos son más importantes en cuanto al tránsito de dicha energía, sobre todo a través de gasoductos que conectan las orillas sur y norte del mediterráneo. 

Sabemos que la UE es responsable del 24% de las emisiones totales de los gases de efecto invernadero. Quizá por ello se esfuerza en aplicar políticas de lucha activa contra el cambio climático. Pero, ¿en qué medida afecta a la seguridad energética en la región mediterránea? En todo. El cambio climático afecta a la seguridad de los países, de toda la región y a la UE como estructura geopolítica supranacional. Los riesgos no son sólo ambientales, sino que incluyen otros de naturaleza humanitaria, política, geoestratégica y económica. La amenaza, por tanto, es global. Ya hemos hablado de los efectos sobre la seguridad alimentaria. Pero en este caso nos referimos, ante todo, al acceso a los recursos energéticos y su control. Ciudades más pobladas (superpobladas), temperaturas elevadas en, al menos, 2ºC y falta de recursos hídricos convierten en política estructural a la seguridad energética. En la medida que se utilizarán más recursos energéticos y en mayor cantidad, éstos se encarecerán, sobre todo los combustibles fósiles[6], radicados en su mayoría en el norte de África y Oriente Medio, a través del anillo energético mediterráneo y el corredor de gas en el sur, incluido el transporte del gas licuado[7]. La presión migratoria hacia las fronteras de los países occidentales desde el Magreb y los conflictos que se puedan generar por el control de estos recursos añaden argumentos a la necesidad de una política de seguridad energética que evite la fragilidad de los estados y su conversión en estados fallidos, la radicalización política como argumento para el expolio de los recursos naturales y suministros de energía, y la amenaza de las infraestructuras vitales debido a los movimientos migratorios masivos. Como ejemplo, podemos observar cómo la falta de agua no sólo impedirá el desarrollo de la agricultura, provocando escasez de alimentos y generando hambrunas, sino que, tal y como ocurre en algunos países del norte de África, la ausencia del líquido vital impedirá la fabricación de cierto tipo de energía necesaria para la industria y el desarrollo de los habitantes de la orilla sur mediterránea. Tal y como dijimos antes, un cambio radical en la generación de energía, absolutamente necesario, podría dar al traste con las economías de algunos países del norte de África (Marruecos o Argelia) al no depender de los combustibles fósiles. Este es otro escenario a tener en cuenta. 

Sin embargo, a día de hoy, las sociedades siguen ignorando, que no desconociendo, que existe un riesgo real para la seguridad humana derivado del cambio climático. A pesar de los datos existentes, que son muchos y muy reveladores tal y como hemos expuesto, la falta de percepción real del peligro inminente impide la aplicación de políticas más agresivas contra el cambio climático y sus efectos. Si bien la UE lleva varios años aplicando la política del 20-20-20[8], entre otras, ésta no ha conseguido trasladar medidas contundentes para la región mediterránea, tanto en el Magreb como en el Masreq; tampoco para el Sáhara y el Sahel. Así lo ambiental se convierte en amenaza y se enumeran los riesgos que para el ser humano tiene el tratamiento no adecuado de esta consecuencia de la acción humana. 

No existiendo una relación expresa entre la seguridad nacional y los asuntos ambientales, ¿qué tipo de seguridad debemos aplicar para paliar los efectos del cambio climático en los territorios y las personas que los habitan? Tratándose de un problema global, de trascendencia mundial, han de aplicarse diferentes conceptos, siendo los principales, desde mi punto de vista, la seguridad preventiva y la seguridad sostenible, que son conceptos aglutinadores. Partiendo del hecho de que, hoy día, ningún estado o grupo de estados, de manera aislada, puede afrontar los problemas actuales derivados de la seguridad, incluyendo la alimentaria y la energética, también estamos hablando de seguridad cooperativa, en tanto en cuanto que ésta fomenta la participación de actores no estatales y organizaciones no gubernamentales en la solución del problema, que solo puede obtenerse si se conciertan acciones desde lo diplomático, militar, económico, político y civil. Pero avanzando más, con el fin de concretar al máximo los conceptos que nos permitan encarar y superar los problemas derivados del cambio climático, debemos tener en cuenta un enfoque multidisciplinar, que supere los conceptos tradicionales y defina los marcos de actuación desde todos los puntos de vista posibles. Así aparece el concepto de la denominada seguridad sostenible (está definida en la nota 4 de la página 1). Desarrollo, Defensa y Diplomacia (las denominadas 3D) se convierten en las garantías de los derechos de los habitantes del planeta, quizá para defenderse de sí mismos y sus acciones. Este concepto de seguridad está basado en lo establecido por Joseph Nye en sus libros Bound to lead: the changing nature of american power[9] y Soft power: The means to success in world politics[10]. Según la teoría de Nye, existirían dos tipos de poderes traducidos como el blando y el duro. El Soft power (poder blando) se aplica cuando se pretende utilizar elementos de naturaleza persuasiva para alcanzar objetivos políticos vinculantes; el Hard power, o poder duro, se aplica cuando solo sirven las medidas de carácter coercitivo desde un concepto militar[11] del control de la seguridad. Desde la utilidad de ambas surge la seguridad sostenible como ejercicio de eclecticismo, como forma de reconciliar estas dos visiones tan necesarias como antagónicas. De esta forma Defensa, Desarrollo y Diplomacia se convierten en un poder inteligente para conseguir una seguridad global. Por lo tanto, el cambio climático y sus efectos, sobre todo los concernientes a la seguridad alimentaria y energética, deben formar parte de una estrategia de seguridad nacional perfectamente incardinada en unos objetivos globales compartidos por el máximo de estados. Tal y como señala Elena Conde Pérez[12] “(...) en el continente africano se da la paradoja (...) en función de la cual, pese a ser el continente menos responsable en términos antropogénicos en el fenómeno del cambio climático, los efectos del mismo serán devastadores (...)”. Su dependencia de los recursos naturales, las frágiles estructuras gubernamentales y los efectos del cambio climático son un riesgo para la seguridad de naciones, regiones, continentes y la estabilidad mundial. Ante estos desafíos sólo es posible intervenir desde la prevención, la anticipación y la colaboración internacional, actuando allí donde surgen los problemas de manera prioritaria y como única forma de evitar los efectos derivados de los problemas medioambientales generados por el hombre y que conforman el calentamiento global. Sólo así es entendible la aplicación de conceptos de seguridad sostenible, seguridad global y seguridad preventiva, en los términos que hemos expuesto anteriormente. Con este planteamiento, una migración masiva, en países magrebíes por ejemplo, donde la presión migratoria sobre las fronteras es ya destacable, provocaría el caos organizativo y de gestión de un estado, seguramente ya de por sí débil, y con un control relativo de las fuerzas de seguridad estatales; desabastecimiento, posibilidad de epidemias ante un sistema sanitario inadecuado e ineficaz llevaría al surgimiento de conflictos que podrían verse agravados por problemas étnicos o religiosos latentes. La apropiación de los recursos naturales, de la energía, ante el temor de verse privado de ella, desencadenaría, sin duda, el clima necesario para una guerra civil que, dado su carácter político, podría afectar a toda la región y, por ende, a la frontera sur de la UE, que sería aprovechada por las redes internacionales del crimen organizado y que incrementaría exponencialmente los riesgos y las amenazas. Es ahí donde se necesitan todas las dotes diplomáticas posibles para la solución del problema, con programas de mantenimiento de la paz en caso de conflicto, y con programas de cooperación y desarrollo desde las zonas más prósperas para superar las crisis y las emergencias derivadas de los disturbios que se generarían por los efectos del cambio climático antes expuestos, siendo un potenciador de los riesgos y amenazas existentes[13]. 

Junto a la aplicación de una seguridad global, sostenible y cooperativa, es necesario transformar, como estrategia diplomática y de desarrollo el modelo productivo actual, así como los hábitos de consumo en lo que respecta a la energía y a la alimentación. La apuesta por las energías renovables parece una solución clara en una región donde la desertificación se expande por la ausencia de precipitaciones y donde las horas de sol, por ende, serán mayores; está demostrado que energías como la solar o eólica sirven muy bien para el funcionamiento de determinadas infraestructuras. También sería aconsejable una unidad de actuación en la zona, tanto en el Magreb como en el Masreq o en todo el norte de África. Esta unidad de actuación sería adecuada para multitud de programas que deben ponerse en marcha en la región, pero ante este tipo de amenazas tendría que venir de la mano de una verdadera unidad política, aunque sólo fuera sustentada por un gran consenso económico, como ocurre en la UE[14] en la actualidad, aprovechando las actuales estructuras geopolíticas existentes[15]. Se deberían solucionar antes los problemas actuales que atraviesan. 

Trabajar en ello en el horizonte es no perder de vista este concepto: Desarrollo sostenible: “Desarrollo que cubre las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de generaciones futuras de cubrir sus necesidades”. Toda una declaración de intenciones. 




[1] Disponibilidad de un abastecimiento fiable de energía a precios asequibles. 


[2] La energía en la región Euro-Mediterránea. Speech/09/103. Comisaría europea de Relaciones Exteriores y Política de Vecindad. Marzo 2009. 


[3] La Geopolítica de la energía en la región mediterránea. IEEE. CESEDEN. 


[4] 'Middle East & North Africa': acrónimo utilizado en el mundo anglosajón, para referirse a la región de Oriente Medio y el Norte de África. 


[5] La Geopolítica de la energía en la región mediterránea. Introducción a la geopolítica y la geoeconomía de la energía en el Mediterráneo. IEEE. CESEDEN. 


[6] Fundamentalmente petróleo, gas y carbón. 


[7] Irán, Qatar, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Nigeria y Argelia, en lo que al Norte de África y Oriente Medio se refiere. 


[8] 20% de energías renovables, 20% de ahorro energético y 20% de reducción de emisiones de CO2 para 2020. 








[11] Documento marco 05/2011. La evolución del concepto de seguridad. Dirección General de relaciones institucionales. Instituto Español de Estudios Estratégicos. Ministerio de Defensa. 2011. 


[12] El cambio climático y los riesgos asociados al hábitat mediterráneo y al hemisferio norte africano. Documento de opinión 69/2012. IEES. 


[13] Recordamos que éstos son, entre otros, el aumento de refugiados climáticos motivado por la escasez de recursos y que agravará la pobreza, y el incremento de la fragilidad de algunos estados convirtiéndose en una amenaza para la seguridad global. 


[14] “La UE es un gigante económico y un enano estratégico” Cristoph Bertram, Director de la fundación Ciencia y Política. http://elpais.com/diario/2003/08/10/domingo/1060487556_850215.html




[15] Unión del Magreb Árabe, CEDEAO o Liga Árabe, entre otras.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Seguridad y Cambio Climático en el Mediterráneo (1)

Seguridad y cambio climático en el Mediterráneo[1].

Los efectos del cambio climático son reales, tangibles, y sus consecuencias se reflejan en las actitudes de los pobladores de los diferentes territorios de las orillas norte y sur del Mediterráneo. Incardinadas unas con otras, las amenazas se convierten en globales aunque actúen, inicialmente, de manera aislada. Sólo la convergencia de las políticas adecuadas retrasará los efectos del cambio climático, teniendo claro que llegarán y que serán definitivos. Por ello, tan solo desde un punto de vista integral podrán atemperarse, siendo la seguridad preventiva y sostenible las únicas que pueden paliar esta admonición de carácter global, al intercalar políticas de desarrollo, de diálogo entre los pueblos y de defensa como pilar básico del mantenimiento del respeto a las leyes, los derechos humanos y el bienestar de las personas que conforman una determinada colectividad.

Si la amenaza terrorista está condicionando el modo de vida, la convivencia, las relaciones políticas, económicas y culturales en el mundo en general y en el mediterráneo en particular, el deterioro medioambiental y el cambio climático son factores muy determinantes en cuanto a la forma de vivir y a las amenazas a la seguridad en la zona. Juan Carlos Pérez Guerrero[2] afirma que “(...) las actividades humanas que rodean los mares cerrados produce siempre a largo plazo un fuerte impacto medioambiental en forma de degradación costera y marina (...)”. Si a esto le unimos los conflictos relacionados con el acceso al agua y la energía, el aumento del nivel del mar por el deshielo del Ártico, la eterna preparación, por parte de algunos[3], para una “próxima” guerra nuclear y la falta de alimentos, completamos todo un elenco de posibles situaciones que necesitan de la seguridad para su prevención y erradicación, en su caso. Y cuando hablamos de seguridad no nos referimos exclusivamente a un concepto cooperativo o colectivo que actúe desde lo militar o policial en un mundo polarizado, hablamos también de la seguridad humana[4] y de seguridad sostenible[5], sobre todo de este último. Así, cuando hablamos de las amenazas que el cambio climático puede traer, nos referimos a la deforestación, la desertización, deterioro de la capa de ozono, contaminación en general, disponibilidad de agua[6], problemas energéticos derivados de la explotación (y expolio) de los recursos naturales, el crecimiento incontrolado de la población[7], los problemas alimentarios[8], la pobreza y falta de espacios cultivables, así como los problemas económicos de y entre la población. ¿Cuánto costaría la adaptación de los estados para soportar una subida de temperatura global en 2º o más? ¿Qué inversión, pública o privada, hace falta para que dejemos de ser petróleo-dependientes y empezar a dotarnos de suministros procedentes de energías alternativas?[9] De todos ellos, aunque incardinados unos con otros, nos ocuparemos de los factores que determinan la seguridad alimentaria y la seguridad energética y cómo hacerlos frente en un contexto cada vez más hostil para la raza humana.

¿Qué nos hace pensar que en realidad existe el llamado cambio climático? Todavía hay quienes dudan de ello a pesar de ciertos datos verdaderamente reveladores: la atmósfera y los océanos se han calentado (0,85ºC de media en los últimos 130 años y 0,1ºC por década en los últimos 40 años), las extensiones de nieve y hielo han disminuido (Groenlandia y la Antártida sobre todo), el nivel del mar ha subido (0,19 metros en los últimos 100 años, siendo de 3.2 mm/año los últimos 17) y las concentraciones de gases de efecto invernadero han aumentado (las concentraciones de dióxido de carbono, metano y óxido nitroso[10] han aumentado desde 1750, excediendo los niveles en 40%, 150% y 20% respectivamente)[11]. Todos los científicos apuntan que la influencia humana sobre el clima ha sido la causa dominante de los cambios acaecidos y descritos anteriormente[12]. Si continúa esta proyección, a finales del siglo XXI la temperatura global en la superficie de la tierra se habrá incrementado en 3,7ºC, los océanos se calentarán, todavía más los mares interiores como el Mediterráneo, disminuirá el hielo marino Ártico, quedando libre de hielo en el 2050, incrementándose el nivel del mar en una media de 0,62 metros. Para la región mediterránea se espera un incremento de temperatura superior a la media global, más pronunciada en los meses estivales, entre 3,8ºC y 6ºC en los meses invernales y estivales respectivamente; reducción de la precipitación anual, más acusada cuanto más al sur, reduciéndose drásticamente en los meses estivales y aumentando las precipitaciones de origen tormentoso; además en la región mediterránea y Oriente Medio se reducirán tanto el agua disponible como la humedad del suelo. 

Sin ninguna duda, el cambio climático es una realidad que se vive a través de una combinación de riesgos medioambientales naturales (inundaciones, sequías, vientos, incendios y precipitaciones irregulares) con otro tipo de amenazas asociadas a la densidad de población, a la situación sanitaria y educativa, al acceso a los alimentos y al agua, y al tipo de gobierno y sus acciones en el territorio. Según las estadísticas disponibles[13] entre 1999 y 2013 se han producido más de 2.300 desastres naturales en toda África, con 1.300.000 víctimas mortales y más de 450 millones de afectados. En este continente, dependiendo de la región, el deterioro medioambiental producido por el calentamiento global, ha acrecentado el impacto de diferentes conflictos, sobre todo los relacionados con la seguridad humana y las migraciones.

Nos ocuparemos ahora de señalar cuál es la incidencia del cambio climático en la seguridad alimentaria[14] de la región mediterránea[15]. Estos son: reducción de la productividad agrícola debido a las sequías persistentes y olas de calor en los meses agrícolas clave, así como inundaciones de las cuencas de los ríos por la mayor probabilidad de secuencias climatológicas extremas; la reducción de tierra cultivable producto del aumento del nivel del mar[16] y el consiguiente movimiento poblacional de la zona costera al interior estatal; el aumento de la temperatura media entre 1ºC y 6ºC; menor disponibilidad de agua potable producto de una reducción drástica (hasta un 30%) de las precipitaciones; hambrunas, malnutrición y enfermedades estacionales producto del calor; menor potencial hidroeléctrico por la ausencia de caudal hídrico; desertización y degradación del suelo. Estos pronósticos se agudizan, primero en el norte de África y, segundo, para las zonas cercanas al Sáhara y el Sahel, siendo ésta zonas más vulnerables que el resto de las regiones mundiales. Dos recursos básicos, por tanto, sufren de manera especial los rigores del cambio climático: agua y los productos de la tierra, la agricultura. 

El agua es un recurso básico e imprescindible para la vida, siendo sinónimo de ella. Cuidar su existencia es vital para la seguridad alimentaria en tanto en cuanto que es indispensable tanto para los hombres como para la producción agrícola; su escasez provocará, sin duda, conflictos armados derivados del control de las bolsas que existan en el territorio. Si sumamos todos los factores arriba indicados para la orilla sur mediterránea, los habitantes del Magreb, por ejemplo, tendrán que destinar el agua (insuficiente para la demanda en Marruecos[17]; insuficiente en Túnez[18]; abundante en el subsuelo del sur argelino[19]) existente para su consumo personal y para el desarrollo de los cultivos[20]. El aumento de la población se estima en 50 millones de personas para 2050, por lo que el Magreb y el Masreq sumarían 150 millones de habitantes[21]. Este panel de problemas se agudiza gracias a la reducción de la superficie para uso agrícola por efecto de la desertización, la minoración sustancial del número de cosechas, con mermas en los periodos de siega y disminución de la producción agrícola por la reducción drástica de precipitaciones o inundaciones de las zonas ribereñas, con el consiguiente aumento de los precios de los productos agrarios. Debemos recordar que los sistemas agrícolas de esta zona norteafricana descansan en métodos tradicionales, anticuados, y claramente ineficientes para el número de personas a las que se debe abastecer. No olvidemos que la mayor demanda de alimentos (y combustibles), consecuencia del aumento de población, incrementan la llamada huella ecológica[22] de los sistemas agrícolas, emitiendo mayor número de gases de efecto invernadero que inciden en el cambio climático. 

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[1] Estudio comparativo de la importancia y daños para la seguridad en el Mediterráneo del cambio climático, su incidencia en la seguridad alimentaria y en la seguridad energética. Conceptos de seguridad aplicables para hacer frente a este desafío. 


[2] “No sólo amenaza terrorista, sino también desafío medioambiental en el Mediterráneo”. Informe del grupo de alto nivel sobre amenazas, desafíos y el cambio climático. file:///C:/Documents%20and%20Settings/rgomezm/Mis%20documentos/Downloads/01.pdf


[3] Nube radioactiva desde Irán hacia el océano Índico e India, Birmania y Yemen; conflicto nuclear entre India y Pakistán. 


[4] Promovido por la ONU en 1994, este concepto engloba la economía, la alimentación, la sanidad, la gobernanza, el medio ambiente y la protección individual de las personas y las comunidades donde viven. 


[5] Concepto que aglutina la capacidad de proteger y defender (seguridad colectiva), el bienestar y la salvaguarda de las personas (seguridad humana) y la defensa de los intereses compartidos por el mundo (seguridad colectiva). Para el Center for American Progress (CAP) es la aplicación conjunta de la Defensa, la Diplomacia y el Desarrollo en beneficio de la colectividad. 


[6] Bajos niveles de precipitaciones, modificación de la intensidad y distribución de las precipitaciones, incremento de las inundaciones y aumento de las temperaturas, y desestabilización de los ciclos hidrológicos, entre otras consecuencias. 


[7] En África altos índices de natalidad y mortalidad, considerables problemas sanitarios provocados por un ineficaz e inexistente sistema público frente a plagas y epidemias, falta de medicamentos y escasa o nula atención primaria. 


[8] Muy escasa disponibilidad de alimentos en el Norte de África. 


[9] Antonio Marquina. Clase presencial IUGM-UNED 25 de Abril de 2015. Junto a esta reflexión se añadió el hecho de que en China o en Japón existan ya una clara apuesta por los coches eléctricos o de hidrógeno, lo que conlleva un cambio cultural de primera magnitud, al modificar la industria de la automoción por vehículos que no emiten contaminantes a la atmósfera. 


[10] CO2, CH4 y N2O, respectivamente. 


[11] Cambio climático: Bases físicas. Guía resumida. Fundación Biodiversidad. Oficina Española de cambio climático. Agencia estatal de Meteorología. Centro Nacional de Educación Ambiental. Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente. 2013. 


[12] El Informe AR5 del Intergovernamental Panel of Climate Change (IPCC) realizado en 2014 sitúa en un 95% el nivel de certeza sobre la influencia humana en el cambio climático. 


[13] España mirando al sur: del mediterráneo al Sahel. Informe 18 del Real Instituto Elcano. Noviembre de 2014. Estudio coordinado por Félix Arteaga. 


[14] Disponibilidad física de los alimentos, y acceso económico a los mismos, así como la estabilidad en el tiempo de ambas. 


[15] Teniendo en cuenta los límites que David García y Rubén Herrero nos muestran en su artículo “Cambio Climático: Modelos e impacto en la seguridad alimentaria en el Mediterráneo” (UNISCI Discussion Papers nº31 Enero 2013) en lo que respecta a la denominada incertidumbre de conocimiento referida a la “(...) no predictibilidad relativa a proyecciones de comportamiento humano (...) y componentes caóticos de sistemas complejos (...) la incertidumbre estructural derivada de modelos inadecuados (...)”. 


[16] Afectaría a 41.500 km2 de costa de Egipto, Marruecos, Túnez y Argelia. 


[17] El sector del agua en Marruecos. ICEX. Oficina comercial de la Embajada de España en Rabat. Enero 2014. 




[19] Sobre todo en el sur de Argelia, aunque los actuales sistemas de bombeo, el incremento de población a la que suministrar y la perspectiva de un negocio rentable pueden acelerar el vaciado de la cuenca interior así como hacer de ese precioso y vital recurso algo inalcanzable. http://www.unesco.org/mab/doc/ekocd/spanish/algeria.html


[20] Menos de 1.000 metros cúbicos por persona y año, por lo que el denominado “estrés hídrico” que padecerían, sería endémico 


[21] David García y Rubén Herrero. “Cambio Climático: Modelos e impacto en la seguridad alimentaria en el Mediterráneo” (UNISCI Discussion Papers nº31 Enero 2013). 


[22] El total de superficie ecológicamente productiva necesaria para producir los recursos consumidos por un ciudadano medio de una determinada comunidad humana, así como la necesaria para absorber los residuos que genera. 


[23] Disponibilidad de un abastecimiento fiable de energía a precios asequibles. 


[24] La energía en la región Euro-Mediterránea. Speech/09/103. Comisaría europea de Relaciones Exteriores y Política de Vecindad. Marzo 2009.

viernes, 4 de septiembre de 2015

¿Qué es el peacemaking?

Seguimos descifrando términos utilizados en las relaciones internacionales, en la defensa y la seguridad. En este caso nos ocupamos del denominado PeaceMaking.


¿QUÉ ES PEACEMAKING?

Es un término inglés que puede traducirse como PACIFICACIÓN O ESTABLECIMIENTO DE LA PAZ. Remite fundamentalmente al alcance de la Paz mediante negociaciones, englobando en general, cualquier acción orientada a lograr acuerdos entre partes hostiles. Estas negociaciones pueden realizarse a través de acciones y gestiones de diplomacia convencional –cumbres ministeriales, encuentros de líderes políticos, embajadores, etc.- o diplomacia paralela –mesas redondas de negociación, mediación de ONG´s, asesoramientos por parte de institutos de investigación y otros.

¿CUÁNDO COMIENZA A USARSE EL TÉRMINO PEACEMAKING?

El uso de este término comenzó a extenderse tras 1992 cuando Boutros-Ghali, entonces Secretario General de las Naciones Unidas, anunció su AGENDA PARA LA PAZ, en la que describía las que debían ser nuevas labores de la organización. Entre ellas se incluían las acciones PEACEMAKING incluyendo principalmente tareas de Negociación, Mediación, Arbitraje y adjudicación de disputas al Tribunal Internacional de Justicia. 
La perspectiva de las Naciones Unidas considera que las labores de PEACEMAKING deben estar respaldas por el compromiso de la comunidad internacional de solucionar los problemas que agraven conflictos en curso o puedan ser la base de otros nuevos en el futuro.
Asimismo, afirma que si los medios de colaboración se prueban insuficientes, debe recurrirse a medios coercitivos tales como sanciones económicas con respaldo militar.
Como último recurso, una labor de PEACEMAKING puede recurrir al PEACE ENFORCEMENT –opción última ratio de restaurar el status quo ante belum por medios militares- bajo el Capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas. Al efectuar este tipo de respuestas directas para pacificar situaciones de agresión inminente o en curso, Naciones Unidas puede también intervenir para establecer o mantener un alto el fuego en lo que se ha denominado PEACEKEEPING PLUS, o sea, situaciones en las que las tropas bajo bandera de la ONU puedan ser combatientes sin ser beligerantes.


  

viernes, 7 de agosto de 2015

Cambio Climático y futuro

Combatir el Cambio Climático es invertir en seguridad. 

Barack Obama anunció el pasado 4 de agosto la mayor acción gubernamental de un país para revertir los efectos del Cambio Climático y proteger a la tierra de sus amenazas. Consideramos mezquino que a día de hoy se argumente contra la existencia del mismo, incluso que algunos tilden de conspiratorio el hecho cierto (y probado científicamente) de las consecuencias que sufrimos por su causa. Dejamos este artículo de El País que ilustra suficientemente sobre algunas de las claves de este importante anuncio de la administración Obama con el deseo de que a través de la ONU y su Consejo de Seguridad, el resto de países se unan a tan importante y necesaria tarea. 




“El cambio climático no es un problema para otra generación. Ya no”, dijo el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, el pasado sábado al anunciar una nueva normativa para combatir el Cambio Climático". La reducción de las emisiones de carbonos, que formaba parte de las propuestas del demócrata desde el inicio de su presidencia, fue sustancialmente apartado en 2010, cuando la reforma de la sanidad pública se convirtió en el tema candente de la política en Estados Unidos. Ahora Obama quiere volver a los orígenes, y aboga por reforma ambiciosa para reducir las emisiones de las plantas energéticas un 32% en 2030 con respecto a los niveles de 2005, lo que supone un 2% más que en la propuesta anterior formulada por la Agencia de Protección Medioambiental estadounidense (EPA, en sus siglas en inglés). Estas son las claves de su plan:

El plan contra el cambio climático de Obama recoge las líneas que la EPA anunció en septiembre de 2013 y que tenía como objetivo la reducción de las emisiones en un 30% para 2030. La versión definitiva aumenta esa meta hasta el 32%. Obama afirmó que la versión final del “Plan de Energía Limpia” representa “el paso más grande y más importante que hemos tomado nunca para combatir el cambio climático”.

Premios y castigos para cada Estado miembro

Según el plan definitivo de Obama, cada Estado tiene que presentar una versión inicial para limitar la contaminación de cara al año 2016, así como las versiones finales de su plan para 2018. Los Estados que comiencen a tomar medidas para reducir la contaminación en 2020 serán premiados con créditos de reducción de carbono –esencialmente, licencias de contaminación que los Estados podrán comprar y vender, a cambio de interponer límites a sus emisiones (el llamado sistema cap and trade). Sin embargo, las normas tienen en cuenta el hecho de que algunos Estados puedan negarse a presentar proyectos. En este caso será la administración central la que dará a conocer las plantillas para imponer a cada Estado las medidas específicas de actuación.
Previsibles oposiciones al plan

Las resistencias al plan de la Casa Blanca contra el cambio climático llegarán con toda certeza de la oposición republicana, de la industria del carbón y de los Estados más dependientes de esa fuente de energía. El líder de la mayoría republicana en Kentucky (EE UU), el senador Mitch McConnell, ha iniciado una campaña preventiva para pedir a los gobernadores contrarios al plan de Obama que se nieguen a cumplirlo. El exgobernador de Florida, Jeb Bush, dijo que el plan de Obama es “irresponsable", ya que dejará un número incalculable de personas sin trabajo y aumentará los precios de la energía en todo el mundo.

El senador de Florida, Marco Rubio, siguió una línea similar, afirmando que la subida de la factura de la electricidad “será catastrófica" para los menos ricos. Los expertos estiman que al menos 25 Estados (como Wyoming y West Virginia, cuyas economías dependen en gran medida de la minería del carbón o la electricidad a carbón barato) interpondrán una demanda conjunta contra el proyecto del Presidente y que las disputas acabarán ante el Tribunal Supremo, según informa el The New York Times.

Diferentes visiones sobre el coste del plan

Los opositores a dichas reglas han estimado que el cumplimiento costará miles de millones de dólares, elevará las tarifas eléctricas de los ciudadanos y desacelerará la economía estadounidense. El Gobierno sostiene, en cambio, que estas normas significarán un ahorro para las familias de unos 85 dólares por año (aproximadamente 77 euros), y aportarán beneficios adicionales para la salud, mediante la reducción de las emisiones que causan enfermedades pulmonares y asma.
EE UU y China, responsables de casi el 45% de las emisiones de CO₂

El pasado noviembre, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y el de China, Xi Jinping, anunciaron un doble compromiso: EE UU se comprometía a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero en un 28% para 2025; mientras que China dejaría de aumentarlas tras cinco años a la fecha estadounidense. En 1997, durante las negociaciones para la firma del Protocolo de Kioto, países como China, Brasil o México fueron eximidos de aplicar unas normas que implicarían un freno a sus posibilidades de crecimiento. Hoy, sin embargo, las emisiones per cápita de China son de 7,9 toneladas de CO₂, una cifra que está incluso por encima de las emisiones de los europeos (7,4 Tm per cápita –las emisiones per cápita de un estadounidense son 16,4 Tm).

China es la primera productora mundial de dióxido de carbono y otros gases responsables del efecto invernadero, con aproximadamente el 25% del total mundial, según un estudio publicado el pasado junio por dos institutos dependientes de la London School of Economics. En 2025 el país asiático llegará a una emisión máxima de 12.500-14.000 millones de toneladas equivalentes de CO2, aunque según los acuerdos firmados con Estados Unidos en noviembre d 2014, Xi Jinping se comprometió a no aumentar sus emisiones en 2030, que para entones supondrán el 20% del total de su consumo energético.

El cambio climático como “problema serio”

Según una encuesta del Pew Research Center realizada en mayo 2015, el 42% de los estadounidenses cree que el calentamiento global es un problema “muy grave”, por encima del 33% de 2013. De los 39 países encuestados por el centro, un 42% de los europeos declaran estar preocupados por el cambio climático; mientras que los latinoamericanos sensibilizados sobre el tema son un 61%. En general, el sondeo señala que el calentamiento global es la principal preocupación de la población mundial (46%), incluso por encima de la inestabilidad económica (42%); el terrorismo yihadista (41%) y el programa nuclear iraní (31%).


De Kioto a la Conferencia Mundial del Clima de París

El Protocolo de Kioto entró en vigor en febrero de 2005. Su objetivo era reducir las emisiones de gases de efecto invernadero que causan el cambio climático. Estados Unidos, el principal emisor, rechazó incorporarse al protocolo firmado por 30 países industrializados, entre ellos España. En marzo de 2015 Estados Unidos formalizó con la ONU un acuerdo según el cual se comprometía a reducir sus emisiones de efecto invernadero para 2025 entre un 26% y un 28% respecto a los niveles de 2005. El último acto para la firma de un pacto global sobre la reducción de las emisiones de carbonos será la Conferencia Mundial del Clima de París del 15 de diciembre de 2015, que pretende cerrar un acuerdo vinculante que evite que el calentamiento global sobrepase los dos grados centígrados.