viernes, 29 de mayo de 2015

Así se forja un Yihadista

En la piel de una Yihadista es un excelente libro de Anna Erelle. Aunque ya tendremos la oportunidad de hacer la crítica del libro, he querido ponerlo como referencia para ilustrar el artículo que recogemos hoy. ¿Qué es un/una yihadista? Pero sobre todo, ¿Cómo se hace un/una yihadista? Aprovechamos un gran artículo de María Ferreira y Alberto Rojas, publicado en El Mundo el pasado 17 de Mayo sobre la captación de yihadistas en Somalia y Kenya. 

Primero destruyeron la fábrica de Coca-Cola y censuraron las bebidas 'americanas'. Luego derrumbaron las mezquitas sufíes, arrasaron la catedral católica, profanaron el cadáver del obispo y le sacaron los dientes de oro, prohibieron el deporte, asesinaron a los periodistas y silenciaron la radio.

Era Mogadiscio en 2007, el 'año cero' de Al Shabab. Y a pesar de todo eso muchos jóvenes en Somalia se unieron a ellos. "Esta es una ciudad sin ley. Preferimos la Sharia de Al Shabab a la ausencia de autoridad", decían. Aún entonces se podía entrevistar a sus líderes, que odiaban ya todo lo occidental aunque ellos mismos vistieran vaqueros Levi's y calzaran unas Nike.

Después llegaron las lapidaciones en el estadio nacional a mujeres por mirar a otros hombres, las grandes ejecuciones sumarias a hombres por ver el fútbol o escuchar música, los 'nanoburkas' de colores como condena de por vida para las niñas, la prohibición total de que la piel de un hombre pudiera rozar la de una mujer, a no ser que fuera su marido. Pero el veneno ya estaba sembrado y Al Shabab reclutaba en sus mezquitas cada vez más adolescentes para hacer su yihad.

Hoy, esa recluta se hace también en Kenia, donde la organización, con más de 5.000 miembros, ya está enraizada.

Puede que hayan perdido sus grandes ingresos por secuestros, por el final de la piratería o por la pérdida del mercado de Bakara en Mogadiscio, donde cobraban impuestos a los vendedores, pero siguen llegando fondos. ¿De dónde? Según una investigación realizada por el foro 'Elephant Action League' (EAL) bajo el título 'El oro blanco de la yihad', el 40% de los fondos de Al Shabab provienen de la caza furtiva y el tráfico de marfil desde el noroeste de Kenia hasta los puertos que aún controla en la costa del Índico. Desde allí, los cuernos de elefante viajan, hacia China, Corea y Japón, sus mercados preferentes.

Después de la masacre de la Universidad de Garissa, el pasado mes de abril, sus habitantes observaban los cuerpos de los cuatro terroristas que yacían desnudos y ensangrentados, unos encima de otros, en la parte trasera de una pickup que avanzó por la calle principal. La exhibición de los cuerpos se convirtió en una advertencia que venía a decir: "Mirad lo que les sucede a los terroristas".

Uno de esos cuerpos pertenecía a Abdirahman Mohammed Abdullahi, un chaval que había estudiado derecho en la Universidad de Nairobi. "Era una buena persona", asegura Hassan, un amigo del yihadista fallecido. Era una buena persona que tuvo la sangre fría de torturar a sus víctimas antes de asesinarlas en un ataque en el que murieron 148 estudiantes. Hassan no se explica cómo su amigo pudo cometer esa barbaridad. "Es inexplicable", repite una y otra vez.

El caso de Hassan no es el único. Jóvenes sociables y con futuro que acaban seducidos por Al Shabab y su versión retorcida del Islám. ¿Cómo es posible? "Abdirahman aspiraba a la excelencia", dice Hassan. "Los líderes de Al Shabab le prometieron que la alcanzaría luchando por su pueblo, por su religión, por sus raíces. En Al Shabab saben bien quién es vulnerable y se fijan en personas como Abdirahman, gente que sigue las reglas, que acude a la mezquita regularmente, que están preocupadas por las injusticias del mundo", explica Hassan. "Muchos de nosotros hemos pasado por momentos de debilidad donde sólo encuentras apoyo en la religión. Si ellos te ofrecen la oportunidad de luchar por una causa que consideras justa, entonces estás dentro. Es así de fácil".

Una de las fórmulas más utilizadas para radicalizar a los jóvenes es crear un enemigo, "el otro" contra el que luchar, la amenaza de su identidad. "A los somalíes nos suelen decir que se nos trata de forma injusta, que la policía viola a nuestras mujeres, quetenemos la obligación de defender a Alá", dice Hassan.

Abdirahman desapareció en Somalia hace 11 meses, y no se supo nada de él hasta que volvió convertido en un terrorista en Garissa. Esos meses de aislamiento son imprescindibles para entender el lavado de cerebro en compañía de imames radicales.

Más allá de la ideología yihadista, también existen las razones económicas. Con atentados como el de Westgate (Nairobi), Mandera o el de Garissa, Al Shabab crea un círculo vicioso que les beneficia: cuántos más ataques, menos turistas. Cuántos menos turistas, más paro y desesperación en los jóvenes. Cuanta más desesperación, más gente dispuesta a hacerse terrorista. Llegados a este punto, sólo hace falta mejorar el sueldo: un miembro de Al Shabab cobra 300 dólares al mes más manutención y una ración diaria de khat, la droga somalí, similar a la hoja de coca. Un soldado de las fuerzas armadas de Kenia apenas alcanza los 200.

Hussein, un abogado experto en terrorismo que se encontraba en Garissa durante el ataque, asegura que "cuando se habla de un fundamentalismo religioso también hay que hacerlo de un fundamentalismo económico y político. El terrorismo que se apoya en la religión, en este caso en el Islám, ofrece a sus miembros una categoría privilegiada", apunta Hussein. Para los jóvenes miembros de Al Shabab, los cuatro asesinos que mataron a 148 personas no son sólo mártires, sino un ejemplo a seguir.

Garissa es una ciudad de mayoría somalí, como lo son también Mandera y Wajir, donde la diáspora de los que huyen de la guerra y la hambruna se mezcla con los que se infiltran. Al Shabab tiene el control sobre estas ciudades. El gobierno trata de recuperarlo con redadas masivas e indiscriminadas, lo que tampoco contribuye a pacificar el ambiente. "Lo que persigue Al Shabab es una colonización completa, una imposición de la verdad, de su yihad", dice Hussein.

En Somalia, un estado fallido desde el inicio de su guerra civil en los años 90, hay desplegadas cientos de organizaciones humanitarias cuya base se encuentra en Kenia por motivos de seguridad. "Algunas de ellas pagan su tributo mensual a Al Shabab para dejarlas trabajar en sus campos de refugiados", reconoce a ELMUNDO una fuente humanitaria británica desde Somalia. Lo mismo hacen los grandes comercios de la capital y los bancos. Nairobi es hoy uno de los puntos calientes de su economía. Hasta 13 oficinas de cambio y envío de dinero en Nairobi, de dueños somalíes, formaban parte de su fuente de ingresos.

"Hay miembros del gobierno de Nairobi colaborando con Al Shabab. Y Kenia está beneficiándose de ello", explica Faruk, un conocido hombre de negocios somalí. "No hay que olvidar que también Al Shabab paga a la policía de Kenia, por ejemplo, para que no haga redadas en ciertas mezquitas. Estamos hablando de mucho dinero, de muchos intereses que hacen que la pérdida de 148 vidas merezcan la pena". El gobierno ha cancelado hasta la fecha 86 cuentas que, supuestamente, financiaban a la organización.

Los medios de comunicación juegan también un papel importante como medio propagandístico del acto terrorista. El nombre de Al Shabab ha estado estos días presente en cada casa del país, la inseguridad reina en ciertas zonas de Nairobi, donde la comunidad somalí es mayoría. "Tenemos miedo a las represalias", cuenta Maimuna. "Hay un fuerte rechazo hacia nosotros". Es este sentimiento de injusticia contra los musulmanes lo que Al Shabab utilizará para reclutar a nuevos jóvenes, su nuevo círculo vicioso para conseguir carne para la picadora.

viernes, 22 de mayo de 2015

CAMBIO CLIMÁTICO

En diciembre de este año se celebrará en París una importante reunión sobre los grades riesgos ciertos que el Cambio Climático ya está provocando en La Tierra. Los científicos llevan mucho tiempo, más de 30 años, informándonos de ello; pero ahora, además, el Cambio Climático se convierte en una seria amenaza a la Seguridad Nacional de los países. En este interesante artículo de Teresa Ribera y Antxon Olabe se desarrollan los contenidos que se debatirán en dicha cumbre. 



La alteración del clima de la Tierra ha sido causada por la masiva emisión de gases de efecto invernadero desde la revolución industrial. Entre 1750 y 2010, las emisiones totales han alcanzado los 2.585.000 millones de toneladas de CO2 equivalente. Como consecuencia del efecto invernadero generado por esos gases, la atmósfera se ha calentado 0,85ºC desde 1880. El incremento de la temperatura no ha sido homogéneo en el tiempo sino que se ha acelerado en décadas recientes. La temperatura es ya, o está cerca de serlo, la más elevada en el actual período interglacial que se inició hace 12.000 años.

La comunidad científica comenzó a alertar sobre los riesgos del cambio climático hace más de 30 años. Algunas de las personas decisivas en la temprana comprensión del problema fueron los científicos norteamericanos Stephen Schneider y Jim Hansen, quienes basaron sus análisis en el excelente trabajo de campo llevado a cabo por Charles David Keeling en la Isla de Mauna Loa. El climatólogo sueco Bert Bolin desempeñó, asimismo, un papel fundamental convenciendo a las Naciones Unidas de la necesidad de crear el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), cuyos cinco informes desde 1990 han sentado las bases científicas de la comprensión del problema.

Este Documento de Trabajo (DT) busca aportar reflexión y debate sobre algunos de los aspectos más relevantes de la política climática internacional en el contexto de la preparación de la importante cumbre de París en diciembre de 2015. De manera implícita se considera que el elemento decisivo en la reconducción de la alteración del clima es la voluntad política de las naciones, en especial la de los Estados decisivos de la comunidad internacional.

El Documento comienza por contextualizar las importantes decisiones presentadas recientemente por las tres mayores economías –la UE, EEUU y China– a la luz de los datos más recientes sobre las emisiones históricas, las de los últimos años (desde 1990) y las emisiones per cápita. Un mensaje importante de esta primera parte es que si tras esas decisiones otros grandes emisores adoptan una posición proactiva y presentan compromisos relevantes, la cumbre de París puede suponer un positivo punto de inflexión. En ese caso, los dos escenarios climáticos más disruptivos de los presentados por el IPCC en 2014 quedarían descartados.

El Documento defiende que una de las razones que han movido a la diplomacia norteamericana a fraguar el histórico acuerdo con Pekín ha sido la creciente consideración del cambio climático como un problema que afecta a su seguridad nacional. En ese sentido se presenta un detallado recorrido acerca de la evolución de esa reflexión, desde las posiciones pioneras europeas (informe Solana, tras los antecedentes del Pentágono y los intentos británicos de llevar el asunto al Consejo de Seguridad), hasta el desarrollo más sistemático en años recientes en EEUU. El Documento defiende que sólo la consideración de la crisis del clima como un problema de seguridad nacional e internacional por parte de los Estados decisivos será capaz de movilizar la energía política que se necesita para situar la trayectoria de las emisiones a lo largo de varias décadas en una dirección compatible con la preservación del umbral mencionado de los 2ºC.

A continuación se analiza la importancia de la adaptación y del fortalecimiento de la resiliencia, en especial en los países más vulnerables. En ese sentido, se subraya cómo la adaptación no puede considerarse exclusivamente una necesidad doméstica y residual. Requiere un mejor entendimiento de sus efectos transnacionales y un planteamiento estratégico que permita medir y analizar convenientemente las vulnerabilidades y las prioridades de acción. En estrecha relación con la problemática de la adaptación está el debate sobre la financiación climática. El acceso a financiación suficiente y previsible por parte de los países en desarrollo y el apoyo de las economías desarrolladas sigue siendo uno de los elementos más delicados de la política climática internacional, al continuar existiendo interrogantes acerca del cumplimiento de las promesas realizadas al respecto en cumbres anteriores. El DT explora, asimismo, los cambios que precisa el sistema financiero internacional para convertirse en una fuerza motriz en la transición hacia una economía global de bajas emisiones. En esa dirección se defiende la plena integración de la dimensión climática en el corazón mismo de las decisiones de inversión pública y privada, nacionales e internacionales.

A la hora de reflexionar sobre las respuestas, la salida a la crisis del clima requiere una transformación del sistema energético internacional hacia una economía de bajas emisiones, una transición hacia un modelo bajo en carbono en el horizonte 2050. En esa dirección, el Documento presenta algunas de las líneas básicas que en nuestra opinión habrían de orientar esa transición: la formulación de una visión estratégica a largo plazo, una hoja de ruta en el horizonte 2050; la extraordinaria importancia de la eficiencia energética y la apuesta por las energías renovables; la progresiva eliminación de los 540.000 millones de dólares de subsidios a las energías fósiles; y una nueva aproximación a la valoración de los crecientes riesgos asociados a aquellas reservas de recursos fósiles que pueden quedar sin explotar en el subsuelo si las naciones se comprometen con una trayectoria de bajas emisiones para 2050.

A modo de recapitulación, el trabajo concluye con las que, en nuestra opinión, son las claves para el éxito de la próxima cumbre de París. En dicha cumbre se espera alcanzar, al amparo de la vigente Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, un acuerdo que integre, por primera vez, los compromisos de mitigación de emisiones de todos los países- desarrollados, emergentes y en desarrollo-, para el período posterior a 2020. Una de las claves sin duda será asentar las bases de confianza y colaboración entre las naciones para activar un proceso dinámico de revisión y mejora de los acuerdos de mitigación a lo largo de los próximos años con el objetivo de reconducir la trayectoria de las emisiones globales. En ese sentido, el Documento propone que la próxima cumbre de alto nivel político tenga lugar en 2020 en Pekín, al ser China el mayor emisor y, en consecuencia, el país que tiene la llave principal de la reconducción de dichas emisiones globales.

Teresa Ribera
Directora del Instituto de Desarrollo Sostenible y Relaciones Internacionales (IDDRI), SciencesPo.

Antxon Olabe Egaña
Economista ambiental y experto en cambio climático (autor del libro “Homo Sapiens y Biosfera. Construir la esperanza, reconducir la crisis climática-ambiental”, de próxima publicación).

El artículo se puede ver en la web del Real Instituto Elcano

viernes, 15 de mayo de 2015

Un rompecabezas religioso

Javier Martín, el autor de Suníes y Chíies y Estado Islámico. Geopolítica del caos , escribió el pasado 12 de Abril este artículo en El País. ¿Qué es el salafismo? ¿el Wahabismo? ¿Han acentuado las primaveras árabes  las creencias religiosas? Os recomiendo su lectura. 

En 1979, un ladino ayatolá Rujolá Jomeini aprovechó el descontento popular hacia la dictadura del último sah de Persia, Mohamad Reza Pahlevi, para alterar los equilibrios estratégicos de la Guerra Fría y trocar la historia de Oriente Próximo. En aquellos tiempos de telones de acero y películas de espías, el socialismo árabe y las monarquías coloniales habían dejado paso a una sucesión de tiranías militares —Argelia, Túnez, Libia, Egipto, Siria, Irak— y viejas autocracias musulmanas —Arabia Saudí, Marruecos, incluso Jordania— que habían asfixiado cualquier tipo de oposición, especialmente si su naturaleza era islamista o salafista. Asido al populismo, Jomeini resucitó un conflicto político surgido tras la muerte de Mahoma —convertido siglos después en una disputa doctrinal— y lo transformó en una nueva batalla por la supremacía en el islam.

Cuatro décadas después, Irán —único país chií del planeta— y Arabia Saudí —principal reino suní— dirimen una contienda política que en los últimos años ha devenido en una cruenta guerra confesional de amplios y variados frentes. El islam se escindió en dos corrientes tras el deceso del Profeta, que no designó sucesor. Aquellos que consideraban que el liderazgo del protoestado debía corresponder a sus compañeros más cercanos son identificados hoy como los suníes; quienes respaldaban las pretensiones de Alí ibn Talib, yerno y primo del Enviado de Alá, se conocen como chiíes. En el año 661, un jariyí [disidente chií] decapitó a Alí en la mezquita de la ciudad de Kufa (Irak). Diecinueve años después, los suníes borraron gran parte de la estirpe de Alí en la batalla de Kerbala (Irak). Desde entonces, los chiíes se han quebrado en tres brazos y los suníes han disfrutado —hasta 1924— del califato, divididos en cuatro escuelas de pensamiento, huérfanos desde entonces todos ellos de una referencia única —ni política, ni religiosa— para los más de 1.200 millones de fieles (en torno al 85% suníes) que avanzado el siglo profesan la última de las tres religiones monoteístas.
Derrocado el sah —gendarme de EE UU en Oriente Próximo desde el fin de la II Guerra Mundial—, Occidente descargó el peso de su geoestrategia política sobre Arabia Saudí, pese a que en el reino del desierto impera el wahabismo, una interpretación literalista y casi herética del islam suní de la que se nutren la mayoría de los movimientos radicales islámicos del mundo (como Al Qaeda) y que comparte características con el actual Estado Islámico. Y aisló a Irán, transformado en el enemigo y en el paria de la región. Una relación interesada sostenida en las vastas reservas saudíes de crudo, que durante años han servido de venda en los ojos de Occidente frente al papel de Riad en el surgimiento del yihadismo y sus sistemáticas violaciones de derechos humanos.
En 2011, preocupado por el repunte de la violencia en Irak y el brote de las después fallidas primaveras árabes, Barack Obama tomó una decisión tan polémica como histórica. Arrinconó tres décadas de animadversión recíproca y autorizó negociaciones secretas con Irán. El presidente norteamericano asumía así un análisis que había sido desechado durante años por su predecesor: que cualquier solución a los conflictos de Oriente Próximo —incluido el palestino-israelí— demanda la presencia de los ayatolás en la mesa de los comensales. Irán sostiene el Gobierno chií en Irak; influye en el régimen dictatorial de Bachar el Asad; mantiene estrechos vínculos con el movimiento chií libanés Hezbolá y financia desde su origen al movimiento palestino Hamás (aunque este sea suní). Además, es el principal sostén de los grupos Huthi en Yemen en su lucha contra el Gobierno suní de Saná, vasallo de Arabia Saudí. Un Irán que mantiene, además, rentables relaciones políticas y comerciales con la Rusia de Putin, la Turquía del suní Erdogan y la China poscomunista.

El diálogo secreto ha fructificado en un preacuerdo nuclear que ha irritado por igual a Israel y Arabia Saudí, durante años extraña pareja de aliados frente a las aspiraciones persas. La inminencia del acuerdo ha exacerbado las diferentes guerras que Riad y Teherán libran desde hace decadas a través de sus aliados en la región por la preeminencia en el islam. Al tiempo que Irán y la comunidad internacional avanzaban en Lausana (Suiza), comenzó a arreciar de nuevo el largo y enconado conflicto en Yemen; y la oposición suní en Siria se preparaba para retomar la lucha contra el dictador proiraní. Solo un grupo ha concitado el rechazo de los dos rivales: el autoproclamado Estado Islámico, arraigado en el este sirio y las regiones suníes de Irak. Pero incluso en esto existe una marcada diferencia: mientras que Riad lo observa como una amenaza a su liderazgo en el islam suní, el régimen de los ayatolás entiende que es una oportunidad —su derrota solo es posible con la intervención de Irán— para reclamar la bandera que le fue arrebatada a los chiíes 14 siglos atrás.

viernes, 8 de mayo de 2015

¿Cual es ese islam que da miedo?

Tahar Ben Jelloun publicó en El País el pasado 9 de Abril este interesante artículo que nos muestra cómo es el Estado Islámico y cómo es su interpretación del Corán. A través de él podemos entender cómo se interpreta el texto sagrado de los musulmanes y el peligro de su literalidad para los intereses de algunos.  
¿Cuál es ese islam que da miedo? ¿De dónde viene? ¿Qué relación tiene con la realidad histórica y teológica? ¿Cómo se explica? No hay duda de que nos asusta, pues suscita preguntas, más aún al comprobar la fuerza con la que el terrorismo golpea en nombre del islam, donde y cuando quiere. Aunque la islamofobia sea real y preocupe a las sociedades europeas, solo es un aspecto más de la crisis desatada estos últimos años entre Occidente y una parte de Oriente.
El día en que un individuo que se hace llamar Al Bagdadi se autoproclamó califa, hace casi un año, y anunció la creación de un Estado Islámico con unas fronteras sin definir, ese día, se declaró la guerra a los musulmanes pacíficos, a los europeos y al resto del mundo. Nadie se tomó en serio su discurso. Nadie se puso a averiguar quién lo financia, quién le suministra tanto armamento, quién lo lleva hacia esa deriva cada vez más asesina. Se sabe que atracó los bancos de Mosul, que se apoderó de algunos pozos de petróleo y que vende el crudo en el mercado negro. Pero ello no basta para mantener un ejército y financiar a los grupos yihadistas procedentes de Europa y del mundo árabe.

Los musulmanes, como el resto del mundo, necesitan saber qué está pasando. ¿El comportamiento del Estado Islámico lo justifica el islam? ¿Es una herejía? ¿Es pura invención de Al Bagdadi, quien, tras haber pasado por las cárceles iraquíes, quizá quiera justificar su sed de mal y de poder para reinar sobre los musulmanes del mundo?

Cuando consultamos el Corán y algunas de sus interpretaciones, resulta evidente que el islam experimentó diversas fases de combate y de violencia, principalmente en sus inicios. Algunas aleyas [versículos de Corán] ordenan luchar con las armas hasta que el islam triunfe. Coinciden justo después de la hégira de Mahoma a Medina, en 622. El profeta tiene enemigos que no solo no creen en su mensaje, sino que intentan matarlo. La aleya 29 de la sura 9 [capítulo 9 del Corán] es clara, pero hay que leerla a la luz del contexto de entonces, y no del actual: “¡Combatid contra quienes, habiendo recibido la Escritura, no creen en Dios ni en el último Día, no prohíben lo que Dios y Su Enviado han prohibido, ni practican la religión verdadera, hasta que, humillados, paguen el tributo directamente!”. En esa misma sura, aleya 73, se dice: “¡Profeta! ¡Combate contra los infieles y los hipócritas, sé duro con ellos!”. Mahoma luchó contra sus adversarios, sobre todo contra los judíos de Medina y los adoradores de ídolos de piedra. El reconocimiento del mensaje divino siempre ha ido acompañado de dramas y tragedias. No hay más que ver la historia de las religiones. Pero aquello sucedía hace 15 siglos, en unas circunstancias y un contexto determinados, vinculados a la época en que las tribus de Arabia combatían entre ellas mucho antes de la llegada del islam.

El verdadero problema es que se invite al siglo VII a asentarse entre nosotros en la época moderna. Uno no puede desplazar los contextos y la historia a su antojo, según sus necesidades. En cambio, el Estado Islámico actúa como si los 15 siglos que nos separan de la aparición del islam hubieran sido borrados de un sablazo mágico.

Aunque minoritarios, algunos musulmanes son conscientes de la urgente necesidad de introducir reformas, de revisar algunos textos que son inaplicables y se han quedado caducos en el siglo XXI. Son musulmanes que están a favor del laicismo, de la enseñanza de los principios de tolerancia y respeto del diferente desde la infancia, que están a favor de los valores humanistas, y desean un islam sosegado, tranquilo y reservado a la esfera privada.

Pero esos combatientes movidos por el odio han hecho una lectura literal del Corán, tomando al pie de la letra lo que ha sido revelado. ¡Fuera metáforas, símbolos, distancia, inteligencia! Esa lectura estrecha y simplista, falsa en definitiva, es la que por desgracia se impuso desde el siglo XVIII, desde que Mohamed Abdel Wahab, un teólogo saudí, aplicó el dogma de la sharía, que ha dado lugar a ese islam rígido e integrista denominado wahabismo. Arabia Saudí y Qatar siguen ese rito.

¿Cómo puede atraer ese mensaje brutal del Estado Islámico a unos jóvenes europeos de cultura musulmana o conversos? Esa visión del islam y de sus promesas seduce a unos chicos de identidad poco consolidada que se imaginan que en ese combate hallarán su razón de ser y de vivir. El discurso y las acciones criminales de Al Bagdadi han sido posibles porque en la mayoría de los países musulmanes el sistema democrático y el Estado de derecho no están realmente establecidos; porque la sociedad occidental no ha dado una oportunidad a esos jóvenes de origen inmigrante, y ello ha facilitado que se sientan atraídos por la arriesgada aventura de la yihad; porque son percibidos como europeos de segundo orden y constatan que impugnar el sionismo y solidarizarse con los palestinos se considera antisemitismo; porque el discurso de los que los reclutan los convence, y suponen que han encontrado lo que les falta: una identidad que los reconforte y les dé seguridad. ¡Lo paradójico es que su razón de vivir los conduzca a morir como mártires con la promesa de un paraíso!

Algunos se van a Siria y a Irak por estos motivos, otros lo hacen por afán de aventura y por dinero. El Estado Islámico es rico y paga a sus combatientes con dinero contante y sonante. El islam se extravía entre esas consideraciones, y así podemos ver a mujeres de negro, tapadas de la cabeza a los pies, que reprochan a otras, también cubiertas de arriba abajo, que el manto que las cubre no sea lo bastante tupido… Y en nombre de ese islam nostálgico de sus primeros tiempos, el Estado Islámico ocupa la tercera parte de Irak y la cuarta parte de Siria. Es lo que la coalición internacional desearía evitar con sus bombardeos cada vez más intensos. Pero ahora ya sabemos que esas intervenciones no son eficaces y que la solución ha de llegar de los propios países musulmanes. Tardará en dar sus frutos, pero se podría empezar por pequeños y sencillos pasos, tales como revisar los manuales escolares, poner en práctica una pedagogía ambiciosa para luchar de manera profunda y objetiva contra la ignorancia, contra esas desviaciones que llevan al terrorismo y a ese miedo absurdo al islam y a los musulmanes.

viernes, 1 de mayo de 2015

Respuestas a la amenaza terrorista en el Magreb

En muchas ocasiones es difícil entender el porqué de la amenaza terrrorista. Y es aún más difícil comprender cómo nos afecta todo lo que ocurre en la orilla sur del Mediterráneo. En este magnífico artículo Eduard Soler i Lecha, coordinador de investigación del CIDOB, nos aporta cinco soluciones que además de  lógicas, tienen plena  vigencia hoy día. 


No es fruto del azar que Túnez haya sido golpeado por el terrorismo. Como tampoco lo es que los atacantes apuntaran directamente al turismo y al Parlamento. Ha sido un atentado contra la democracia y la apertura de Túnez al exterior y es fácil concluir que los terroristas medirán su éxito, no sólo en función del número de víctimas, sino por el impacto nocivo que pueda tener tanto para la transición tunecina como para la frágil economía de este país. Por lo tanto, la respuesta a este atentado, y en términos generales a la creciente amenaza terrorista que sufren los países del Magreb, debería articularse no sólo con el objetivo de evitar nuevos atentados sino también con el de preservar aquello que los terroristas quieren destruir.

No es la primera vez que Túnez sufre un atentado de estas dimensiones. En abril de 2002 Al Qaeda reivindicó un atentado contra la sinagoga de la Isla de Djerba asesinando 19 personas, mayoritariamente turistas alemanes y franceses. Más recientemente, y especialmente desde 2013, la amenaza terrorista en Túnez había tomado cuatro formas distintas: asesinatos políticos contra personalidades del proceso constituyente; implantación de células terroristas en la cordillera Chaambi, en la frontera con Argelia; incorporación de más de 3.000 tunecinos en las filas de la organización Estado Islámico que en este momento están en Siria e Irak pero que pueden volver a su país; la inseguridad causada por el conflicto en Libia, especialmente por haber inundado de armas el mercado negro de toda la región y cuyos efectos son especialmente visibles en el sur de Túnez.

Hace más de diez años, tras los atentados de Djerba, el régimen de Ben Alí utilizó la amenaza terrorista para endurecer la represión política, legitimar un régimen autoritario y corrupto y ofrecerse a la Unión Europea y a los Estados Unidos como un socio leal contra un enemigo común. Pero no todas las respuestas de Túnez contra el terrorismo han sido tan desafortunadas. Aunque el asesinato de personalidades de izquierda en 2013 aumentó la tensión en el país, finalmente tanto los políticos como la sociedad civil optaron por la inclusión y el consenso como vías para sacar adelante la transición. Asimismo, respecto a Libia, Túnez se ha significado como una de las voces que, como Argelia o la propia Unión Europea, insiste que la reconciliación nacional es la mejor medida para poder combatir el terrorismo en el país vecino. De los errores y aciertos del pasado, y de otras experiencias en el combate de esta amenaza, podemos distinguir cinco elementos que deberían formar parte de una estrategia para hacer frente al terrorismo en el Magreb.

1. Unidad entre fuerzas políticas y sociales: cuando un país sufre un atentado, siempre hay riesgo de instrumentalización política. Si eso sucede, aumenta la polarización política y social y ello acaba generando condiciones todavía más propicias para procesos de radicalización. Egipto o Libia son claros ejemplos de lo contraproducente que puede ser no invertir en el consenso político para hacer frente a la amenaza terrorista. De hecho, el espiral de violencia que sufrió Egipto durante la segunda mitad de 2013 empujó a los políticos y a la sociedad tunecina a dejar a un lado las diferencias para completar el proceso constituyente con un alto nivel de consenso. Es esa unidad lo que Túnez sigue necesitando ahora y lo que otros países de la región deberían explorar para evitar que la situación continúe degenerando.

2. Colaboración internacional: en la medida que el terrorismo es una amenaza global y un fenómeno transnacional, compartir información y capacidades técnicas para combatirlo se ha convertido en una necesidad ineludible. De hecho, la cooperación en materia anti-terrorista entre los cuerpos policiales y los servicios de inteligencia europeos y de sus homólogos magrebíes lleva años desarrollándose. No obstante, uno de los obstáculos para ir más lejos había sido, y en algunos casos continúa siéndolo, las prácticas autoritarias y represivas de sus gobiernos. Es decir, el uso que para otros fines puedan hacer de esa información o esa cooperación técnica. Pero este no es el caso de Túnez ya que, aunque queden restos del antiguo régimen en algunas estructuras del estado, el país ha hecho progresos notables, además en un contexto especialmente adverso. Y esto debería traducirse en un nivel de cooperación máximo. Además, hay que añadir nueva dimensión en la lucha anti-terrorista en la que la cooperación entre europeos, tunecinos y el resto de estados del Magreb es de vital importancia. Todos ellos tienen como reto compartido el frenar (e idealmente prevenir) procesos de radicalización y preparar una estrategia ante el posible retorno de combatientes que en este momento se encuentran en Siria e Iraq.

3. Visión regional a largo plazo: del mismo modo que algunas expresiones del terrorismo como Al Qaeda del Magreb Islámico y sus escisiones hunden sus raíces en el conflicto civil que vivió Argelia en los años noventa, la situación de crisis que hoy sufre Libia está alimentando el terrorismo a escala regional, y sus efectos también se prolongarán en el tiempo. Si algo ha quedado claro en los últimos veinte años, es que ningún país es inmune a una situación de inestabilidad de sus vecinos. No es casual que algunas de los atentados terroristas más recientes, como los de In Amenas en 2013 o los de Chaambi en 2014, hayan sucedido en zonas fronterizas. Por lo tanto, la respuesta a la amenaza terrorista en el Magreb no puede ser exclusivamente nacional y tiene que diseñarse con un horizonte temporal amplio. Además, debería tener en cuenta las dinámicas de seguridad en espacios geopolíticos colindantes. Las conexiones entre el Magreb y el Sahel (véase la situación de Mali tras la caída de Gaddafi o las redes de crimen organizado transfronterizas) y entre el Magreb y Oriente Medio (por ejemplo con la abultada presencia de los combatientes magrebíes en Siria) son evidentes.

4. Lucha contra el tráfico de armas: cuando uno habla con amigos tunecinos es habitual escuchar la frase de que “nunca había sido tan fácil y tan barato comprar un Kalachnikov en el mercado negro”. Un informe reciente del International Crisis Group también apuntaba a los vínculos entre comercio de armas y tráfico de drogas, especialmente en la frontera sur de Túnez. El conflicto en Libia, y sobre todo la desastrosa gestión tras la caída de Gaddafi, han alimentado un fenómeno al que parece que las autoridades tunecinas no han sabido o no han podido responder. En un momento en que los procesos de radicalización son más rápidos e individuales, la facilidad para adquirir armas es un dato doblemente inquietante. Evitar que entren nuevas armas y sacar de circulación las que se han adquirido previamente debería formar parte de cualquier estrategia de prevención.

5. Resiliencia: La lucha anti-terrorista no debería ser sólo un conjunto de acciones cuyo objetivo sea prevenir atentados y desarticular organizaciones criminales. También debería incluir medidas para que las sociedades que lo sufran puedan sobreponerse tras acciones terroristas de gran envergadura o mantener una cierta normalidad a pesar del riesgo de inseguridad permanente. Si algo saben los países que han sufrido el terrorismo durante períodos prolongados de tiempo es la importancia de atender adecuadamente a las víctimas y conseguir desarrollar una vida cotidiana lo más normal posible. De lo contrario, los terroristas habrán alcanzado parte de sus objetivos. Además, en la medida en que el terrorismo en el Magreb no es sólo es una amenaza de seguridad sino también un torpedo en la línea de flotación de una economía vulnerable, la resiliencia también tiene que ser económica. Si las perspectivas de crecimiento no mejoran y no se crean más puestos de trabajo, la situación de seguridad sólo empeorará. Por lo tanto, el atentado de Túnez debería movilizar una solidaridad internacional que vaya más allá de bonitas palabras y palmaditas en el hombro.

Si los terroristas querían atacar la democracia y el turismo en Túnez, la mejor respuesta es aquella que consiga apuntalar el proceso de apertura política y evitar el colapso económico del país. La unidad entre las fuerzas políticas y sociales, la colaboración internacional, una visión regional y a largo plazo de esta amenaza, una reducción significativa de las armas en el mercado negro y medidas que aumenten la resiliencia ante un riesgo que desgraciadamente no desaparecerá son recomendaciones válidas para Túnez pero que también para el resto del Magreb.


El artículo puede consultarse en la página web del CIDOB en este enlace


viernes, 24 de abril de 2015

La guerra según Clausewitz


Karl Philipp Gottlieb Von Clausewitz nació el 1 de julio de 1780 en la ciudad de Burg, en el antiguo estado imperial alemán de Magdeburgo (actualmente Sajonia-Anhalt). Como prusiano fue súbdito de un estado fundamental en la historia de Alemania y Europa, potencia mundial y continental bajo el reinado de Federico I de Prusia (1701). Las ideas de la Gran Alemania y la Coalición Alemana del Norte, van fraguando desde el Sacro Imperio Romano Germánico de Carlomagno hasta la consecución del imperio alemán en 1871, gracias al impulso de Otto Von Bismark que lo hizo posible, como primer canciller, entre 1873 y 1890. En este último año, la población de Prusia era de 25 millones de personas. En 1910 era de 40 millones de personas. 

Las guerras napoleónicas, desarrolladas entre 1803 y 1815, irrumpen en la vida de Clausewitz; particularmente cuando con 26 años participa en la defensa de Prusia de la invasión napoleónica de 1806, siendo testigo de la desintegración del ejército prusiano después de la batalla de Jena, lo que obligó a los prusianos a no participar de las mismas hasta 1816. Clausewitz fue hecho prisionero francés y recluido hasta 1808. Cuando en 1810 es nombrado tutor del que sería Federico Guillermo IV de Prusia, Clausewitz escribe el ensayo Principios de la Guerra, texto sobre el que se asientan las grandes afirmaciones de su gran obra De la Guerra, objeto de este trabajo. 

Cuando las autoridades prusianas se pusieron del lado francés ante la invasión napoleónica de Rusia, Clausewitz, junto con otros militares prusianos, se unieron al zar Alejandro I para que los rusos liberaran a los prusianos de la dominación francesa. Aquí participó de la redacción del convenio de Tauroggen, que posibilitó la llamada sexta coalición (Prusia, Rusia y Reino Unido) que derrotaría a Francia, y que en 1813 devolvería a Prusia el gobierno de Alemania. Después de varios destinos militares, muchos de ellos menores debido a su “deserción” anterior, es en 1818 cuando es nombrado director de la Academia Militar Prusiana, en Berlín, puesto en el que estuvo hasta 1830, fecha en la que vuelve a batallar en Polonia, en la sofocación de una revuelta revolucionaria. Clausewitz murió el 16 de noviembre de 1831 en su casa de Breslau (la actual Wroclaw polaca) presumiblemente de cólera, enfermedad que contrajo en el frente de Polonia y que diezmó al ejército prusiano. 

Clausewitz no tuvo la confianza de los mandos prusianos desde la “deserción rusa”. De hecho, su retiro dorado como director de la academia militar prusiana en Berlín, posibilitó que escribiera su famoso libro “De la Guerra”, ya que las misma autoridades que le nombraron director (seguramente por la influencia de su amigo el General y Mariscal de campo August Von Gneisenau), no le permitieron impartir formación ni aplicar sus teorías pedagógicas, por lo que dedicó su tiempo a la redacción de varios libros. 

Todas las biografías que he podido leer sobre el autor afirman que éste tenía una buena educación, superior al estándar de la época, muy interesado en la ciencia y el arte. Como soldado profesional, estuvo marcado por las guerras napoleónicas, y las formas en las que Napoleón cambió el concepto de la guerra, sobre todo en la manera en que la población era motivada para participar tanto de la decisión como del combate. Que Clausewitz era un gran conocedor de la historia y la política europea también queda patente en “De la Guerra”. Gracias a ésta, se le considera como uno de los mejores estrategas militares clásicos. Su personalidad hacía de él un personaje que no pasaba inadvertido[1]. La literatura especializada dice que tan solo dos libros sobre la guerra, de todos los que se han escrito, aportan conceptos claros sobre estrategia política y militar: uno es “La guerra del Peloponeso”, del ateniense Tucídides[2], en el -400, y el otro éste de Clausewitz sobre el que realizamos este trabajo. ¿Por qué después de 182 años este libro sigue siendo el más completo en cuanto a su contribución estratégica político-militar? Intentaré en las siguientes líneas poder razonarlo, desgranando las ideas-fuerza del texto (prefacio, libros I y II y los capítulos 6A y 6B del libro VIII) que pueden resumirse en el enfoque dialectico del análisis militar, el análisis crítico de la estrategia militar, las relaciones “asimétricas” entre defensa y ataque, el arte de la estrategia, la ciencia de la táctica y la relación entre los objetivos políticos y militares de las guerras. 

Sin duda, el momento histórico en el que se fragua la obra de Clausewitz fue de los más convulsos de la historia (1816 y 1830). Algunos incluso piensan que la primera gran guerra mundial coincidió con las guerras napoleónicas, y no en 1914 con el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria por el serbio nacionalista Gavrilo Princip. Los años de duración, los nuevos métodos, las estrategias y los avatares políticos para su resolución forman el cuerpo doctrinal, militar, político y sociológico de Clausewitz en la conformación de esta gran obra, que sigue siendo libro de cabecera en buena parte de las grandes academias militares del mundo. 

La guerra ha formado parte (y forma) de la historia de la humanidad. Es de todos los tiempos, y de todas las civilizaciones[3] y, por lo tanto, es un fenómeno político y social fundamental, central para entender la dinámica del mundo y de los estados. Por ello Clausewitz comienza explicando que su intención es “poner a examen la esencia de los fenómenos que caracterizan a la guerra (.../...)” en el prefacio de la obra. Desde un punto de vista empírico, haciendo uso de la investigación y la observación, y huyendo de todo elemento filosófico, los conceptos referidos a la guerra misma son producto de la experiencia del autor. No era habitual en las crónicas militares el uso de la experiencia propia, por cierto. Establecer una teoría sistemática de la guerra es el objeto del libro, desde un punto de vista integral. Sabemos que esta obra fue inacabada, ya que estaba Clausewitz corrigiendo y completando la misma cuando le sobrevino la muerte. Por ello insiste en darle validez y cohesión interna y se arroja el deseo de que otros autores sepan presentar “en lugar de estos granos dispersos, un conjunto fundido (.../...)”. Poco podía imaginar Clausewitz que su obra sería un completo granero. 

El Libro primero nos habla de la naturaleza de la guerra. Consta de 8 capítulos y es el único libro que Clausewitz pudo corregir, por lo que tiene su aceptación completa. Comienza con una definición del término guerra y lo hace ampliando una de las consecuencias de la misma: el duelo[4]. Sin embargo nos ofrece seguidamente una de las diferentes descripciones que encontraremos a lo largo del libro, afirmando que “(...) la guerra constituye un acto de fuerza que se lleva a cabo para obligar al adversario a acatar nuestra voluntad”. Acto de fuerza para imponer nuestra voluntad, en un duelo constante, entendiendo duelo como la pelea entre dos a consecuencia de un reto[5]. Para imponer nuestra voluntad al enemigo (objetivo) es necesaria la fuerza física (el medio); para conseguir este objetivo se hace necesario el desarme del enemigo y éste es el propósito último de la acción militar. 

Huir del sentimentalismo de conseguir nuestro objetivo, sin derramamiento de sangre ni sufrimiento, ocupa el punto 3 de este primer libro. Aunar inteligencia, arte, ciencia y fuerza mostrará el buen hacer del militar, aunque la crueldad existirá siempre, en mayor o en menor medida. No podemos hablar de guerras civilizadas ya que tanto el sentimiento hostil como la intención hostil enraízan el conflicto. Cuando llegamos a un conflicto armado, la hostilidad ha motivado una determinada carga de odio y éste deriva en cierto salvajismo[6]. Si bien es cierto que cuanto más civilizados sean los pueblos menos hostilidad, odio y salvajismo aplicarán a los conflictos bélicos, no se puede descartar que existan. Cuanto más importantes sean los intereses hostiles, más salvaje (emocionalmente) será la guerra. 

Que la inteligencia de los hombres no aleja a éstos de las guerras queda manifiesto en el avance armamentístico, ya que se “inventa” para seguir matando, con menor riesgo para el combatiente (más civilizado). Así tenemos la primera acción recíproca y primer caso extremo de Clausewitz: La guerra es un acto de fuerza y no hay un límite para su aplicación. Los adversarios se justifican uno al otro y esto redunda en acciones recíprocas llevadas por principio a su extremo. 

Nuestro objetivo es desarmar al enemigo para imponerle nuestra voluntad. Desarmarlo significa hacerlo de facto o someterle a tal estado que prevea que lo vamos a hacer. De esta forma tenemos la segunda acción recíproca y segundo caso extremo: Mientras no haya derrotado a mi enemigo, tengo que albergar el temor de que sea él quien lo haga. 

La tercera acción reciproca y tercer caso extremo tiene que ver con la aplicación de las fuerzas. Si queremos abatir a nuestro enemigo debemos adecuar nuestro esfuerzo de acuerdo con su capacidad de resistencia, medido en el tamaño de sus recursos (medible) y su fuerza de voluntad (muy difícil de medir). En la guerra hay que ser realistas y combatir con los medios que tenemos a nuestro alcance. Porque la guerra nunca constituye un hecho aislado, nunca ocurre de improviso ni se ha preparado en un instante. Cualquier contienda es sostenida, está preparada a base de recursos, siendo éstos las fuerzas militares propiamente dichas, el país (población y superficie) y los aliados. El medio físico, la orografía, los ríos, la amplitud geográfica, junto con su capacidad de movilización[7], condicionan una guerra. Por otro lado, las relaciones políticas[8] promueven alianzas que nos pueden ayudar. Un buen estratega evitará que todos estos recursos entren en juego en el mismo momento. 

Si bien la guerra no deja de ser un recurso diplomático más, también lo es que una contienda no es más que probabilidades, sujetas a su ley. Si tenemos los datos del país oponente, de su situación, de sus circunstancias y sus números, podremos extraer las conclusiones precisas sobre las acciones que ejecutar. Pero, ¿cuál es el objetivo político de la guerra? Sea cual sea, la acción militar es el medio para conseguirlo por lo que su medida estará en la escala adecuada para alcanzarlo utilizando los esfuerzos que sean necesarios para ello. Cada acción militar requiere de un tiempo, más largo o más corto en función del objetivo. Es lo que Clausewitz llama persistencia. La duración depende de la naturaleza de la acción militar por lo que resulta de todo punto de vista inadecuado suspender la acción militar, ya que ésta debe mantenerse en el tiempo hasta conseguir el objetivo deseado. La acción militar solo cabe suspenderse[9] en un estado de igualdad de fuerzas y antes del inicio de la gran contienda, cuando uno de los dos estados prefiere esperar mejor momento para la acción. Si se mantiene un equilibrio de fuerzas durante la contienda, ésta situación sólo puede acabar con la firma de la paz siempre que el estado beligerante entienda conseguido el objetivo político. 

Siempre tenemos presente el principio de polaridad, es decir, que en toda batalla los dos bandos quieren ganar, pero la victoria de uno supone la derrota del otro. Además, esta polaridad queda explicada en cuanto a las estrategias de defensa y ataque, que son diferentes y de fuerza desigual. Es decir, la decisión de atacar no es pactada, sino que interesa a cada bando por separado no teniendo por qué convenir al otro. Sin embargo queda demostrado que esta polaridad es anulada por la superioridad de la defensa sobre el ataque. Las estrategias son diametralmente distintas, y la capacidad de acción también, por lo que cabe suspender la acción militar si el ataque resulta infructuoso. También cabe suspender la acción militar por el conocimiento imperfecto de la situación. Suspender puede suponer introducir pausas en la contienda pero cuanto mayor es la tensión que ha posibilitado la guerra, menores serán los periodos de inacción de la misma, aunque lo contrario puede ser visto como una estrategia militar, ya que los errores serán rectificados con mayor acierto. Pero en la medida que son los humanos los que hacen la guerra, el azar juega un papel preponderante, junto con lo accidental y “la buena suerte”; éstas cualidades hacen la naturaleza subjetiva de las guerras y las convierten en juegos donde peligro y valor protagonizan la contienda[10]

La guerra es un medio para alcanzar un fin. La guerra surge siempre de una circunstancia política, siendo un acto político de primer orden. Decidir qué guerra queremos es lo primero que debemos hacer pues. Afirma Clausewitz, en la sentencia más importante del texto, que “.../... la guerra no constituye simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación de la actividad política, una realización de esta por otros medios”.

La guerra es el medio para alcanzar el objetivo político y éste debe estar fuera de la esfera militar: desarmar al enemigo para que acate nuestra voluntad. Desarmarlo, ganar la guerra, se consigue destruyendo las fuerzas militares, en primer lugar; conquistando el territorio, en segundo lugar, y sometiendo la voluntad del enemigo, obligándolo a firmar la paz, como resultado final. Sin embargo, en la guerra no es necesario luchar hasta que uno de los ejércitos sea derrotado, sino que el cálculo de probabilidades sea propicio para alguno de ellos y el precio de la victoria caigan de su lado. La mayor probabilidad de éxito reside, por tanto, en la destrucción de las fuerzas militares y en la conquista del territorio. Pero el desgaste del enemigo acrecienta sobremanera ambas dos anteriores, ocupando su territorio para exigir una contribución sobre él o para devastarlo. Así, utilizando todos los medios mencionados, conseguiremos el fin de agotar gradualmente el poder físico y la voluntad del adversario. Resistir es el principal objetivo del ejército que ve ocupado su territorio[11]. El único medio en la guerra es el combate[12]. Esta idea prevalece por encima de todo ya que todo cuanto ocurre en una guerra es hecho por combatientes. El combate es un todo organizado que integran muchas partes, entre las que se encuentran las unidades de combate organizadas entre masas de militares (tropa) y otras unidades que forman una ordenación superior (unidades especiales, zapadores, ingenieros, élite, mandos...). Cada una de estas unidades combate en un orden preciso[13], es decir, en una sucesión ordenada de encuentros[14], que tiene por objetivo la destrucción de las fuerzas enemigas. El protagonista de estos encuentros es un soldado profesional que (...) “es reclutado, vestido, armado, adiestrado, se le hace dormir, comer, beber y marchar, solamente para combatir en el lugar indicado y en el momento oportuno”. La única actividad efectiva en la guerra es el combate (encuentro) y la destrucción de las fuerzas oponentes (objetivo positivo) es el fin que persigue, tanto en la vertiente física (fuerza) como en la moral (de las tropas). Este fin debe estar compensado con la conservación de nuestras fuerzas militares (objetivo negativo) ya que el predominio de uno u otro método en el combate definirá nuestra estrategia: destrucción del enemigo en un desenlace rápido, o resistencia pura para prolongar la contienda y agotar el enemigo.

El gasto militar resulta crucial en el desenlace de la guerra, que también debe seguir la norma de la proporcionalidad: cuanto mayor sea el deseo de destruir al enemigo, mayor debe ser el gasto. Además, entendimiento y temperamento configuran lo que Clausewitz denomina “genio”. Esta “combinación armoniosa de fuerzas” de valor, de aptitud, configuran el genio militar[15]. El genio militar no es ni el más impulsivo a la hora de mandar las tropas al combate ni el más reflexivo, sino aquel que mejor reúne ambos aspectos en una coyuntura determinada, de acuerdo a las circunstancias y a su saber y entender en la cadena de mando[16]. Vuelve a aparecer el concepto de azar que influye sobremanera en los conflictos armados, doblegando, incluso, el curso de los acontecimientos. Este continuo fluir de lo inesperado requiere del genio militar reacción rápida, inteligencia, determinación (que surge del intelecto, pero es un acto del sentimiento, una mezcla de temeridad y arrojo[17]), y la capacidad de discernir, de un vistazo, las tácticas del enemigo[18]. Todas estas cualidades del genio requieren de la presencia de ánimo[19]. Todas sirven al general en jefe, sobre quien se ejerce la presión de los sucesivos encuentros, para vencer los cuatro componentes del ambiente en que se desarrolla la guerra: el peligro, el esfuerzo físico, la incertidumbre y el azar. Los objetivos negativos (resistencia y defensa) minan la moral del jefe, cuyo ánimo debe estar siempre alto[20], con presencia constante de fortaleza de espíritu y ánimo. El jefe debe huir de la indolencia (el carácter debe estar presente y visible) y de la obstinación (degeneración de la fortaleza de carácter), y tener una tenaz convicción sobre la certeza de la estrategia elegida, siendo visible por todos. 

La relación entre guerra, lugar y terreno tiene especial importancia para el jefe. Llevar al terreno físico que más nos convenga la contienda, reforzará la fama del genio militar y elevará su prestigio ante la tropa, aplicando lo que Clausewitz denomina sentido del lugar[21]. Huir de la imaginación y rodearse de notables, que existen en cualquier rango del escalafón, harán del jefe lo que el país espera de él. 

La guerra es el juego entre la victoria o la muerte. El peligro, el medio en el que se desenvuelve la guerra, es como un perfume embriagador. La guerra, con sus sonidos, con sus formas, afecta a todos y cada uno de los que forman parte de ella, desde el soldado novato hasta el general. Cada uno vive las etapas de peligro de una manera distinta. Pero lo vive intensamente. Y bajo la presión de los combates todos deben mantener la capacidad de tomar decisiones rápidas, ya familiarizados con el peligro, bajo una “estoica e innata valentía”. El esfuerzo físico no debe dejarse de lado, ya que el frio, la sed, el calor, el hambre y la fatiga son factores que juegan un papel determinante en la guerra; es un factor más de fricción. 

Saber del enemigo y su territorio conforma las acciones y los planes de nuestro ejército. Es la información. Buena parte de ella es falsa, y otra dudosa. Discriminarla es tarea del oficial, del jefe, siguiendo las leyes de la probabilidad y el juicio personal. Esta es otra de las fricciones en la guerra que separan la concepción (teoría) de la ejecución (práctica). Conocer en primera persona el combate nos dará buena cuenta de las dificultades que encierra, desde lo básico y simple, hasta la difícil toma de decisiones. Estas dificultades, las fricciones, son superadas solo por el genio y por la voluntad. La fricción es el concepto que nos hace discernir entre la guerra real y la guerra “sobre el papel”, es decir, la resistencia de la realidad a cumplir con lo que hemos planificado[22]. Todos estos aspectos individuales o conjuntos deben ser superados por el comandante en jefe, que conoce las fricciones y sabe cómo hacerlo gracias a su experiencia. Así, Clausewitz resume que son el peligro, el esfuerzo físico, la información y la fricción los elementos que concurren en la “atmósfera de guerra”, y hacen de ella un medio “penoso” para la realización de toda actividad. La guerra responde a objetivos políticos o económicos, y al carácter de los estados que la desarrollan. El fin político es el objetivo, la guerra es el medio para alcanzarlo y los medios no pueden ser considerados aislados de su finalidad. 

El libro segundo nos habla de la Teoría de la Guerra. Guerra, combate y actividad múltiple son sinónimos que influyen en el estado de ánimo del combatiente. A pesar de los inventos bélicos introducidos y la ventaja que éstos suponen, necesitan un manejo, un aprendizaje para su uso. La lucha, el combate, se desarrolla en torno al peligro, el elemento más significativo de la guerra. Y es con los medios que tenemos, los que nos han dado, con los que tenemos que combatir, lo que Clausewitz llama “el arte de la guerra”[23]. Conducir y preparar la contienda forma parte de éste arte, es decir, la dirección de la misma. Dirigir la guerra no es otra cosa que combinar los encuentros, los actos aislados que conforman la unidad de la contienda, lo que el autor denomina como táctica[24] y estrategia[25]. Táctica es todo lo relacionado con las marchas, los campamentos y los cuarteles, el abastecimiento, el cuidado de los enfermos y el suministro y reparación de armas[26], lo que hoy llamaríamos intendencia; las marchas, el camino necesario de la tropa hacia el encuentro, parte de la estrategia. La forma de los encuentros aislados la primera; los usos y actividades en esos encuentros, la segunda. 

La evolución que el concepto de la guerra ha tenido en el tiempo es objeto del capítulo II, así como diferentes conceptos que la definen, como medios y fines, y las leyes que la dirigen. Clausewitz asegura que, en inicio, se estableció un fin positivo, al intentar establecer, reglas, principios y normas, que no fue posible en la práctica del momento. Disecciona entre el apartado 8 y el 15 los factores que contribuyen a la victoria, tales como la superioridad numérica, el sustento de las tropas, las comunicaciones seguras y el mantenimiento de las líneas internas (que aglutina en el concepto base). Desarrolla, también, las cualidades del soldado, definiéndolas como la fortaleza de espíritu y emoción[27], la rapidez de reacción[28] y el talento. 

Dedica unos apuntes a la naturaleza de los fines y de los medios, para conformar la teoría del sistema positivo de reglas que tiene que tener toda contienda. Y existen unas circunstancias que “acompañan siempre el uso de los medios”: el lugar de encuentro, la hora del día y el estado del tiempo. Para conseguir la victoria, hay que añadir la región y el terreno sobre los que se aplican las circunstancias anteriormente mencionadas. Procede Clausewitz a desgranar las cualidades del jefe, sobre las que ya apuntó en el Libro I. Defiende el autor una formación especializada para los dirigentes militares[29], que debe variar según el grado y el destino. Debe estar familiarizado con los asuntos de estado[30], así como los puntos fuertes y débiles de la tropa. Debe manejar, además, los tiempos que se requieren para llegar hasta el objetivo de los encuentros, controlando la intendencia y las necesidades de los hombres. Debe estar dotado de sentido común. 

Utiliza los capítulos IV y V para explicar, gracias a ejemplos de la vida militar de Bonaparte[31], la metodología de la guerra[32], condiciones indispensables para una conducción adecuada de la guerra. Lo que Clausewitz llama “ejemplos históricos” que proporcionan al jefe la certeza del conocimiento y forma parte del arte de la guerra. 

El capítulo VI, en su apartado A, nos habla de la “Influencia del objetivo político sobre el propósito militar”. Durante la época de Clausewitz las alianzas militares estaban a la orden del día[33]. Sin embargo, debido a su experiencia, el autor asegura que el aliado no participa de igual manera en la contienda. Tiene su propio jefe, sus propias normas y estrategias, y participa con un número inferior al que sería necesario. Al igual que una transacción comercial, cada estado arriesga en función del resultado que espera conseguir. Nunca dejará de estar presente la diplomacia, que actuará en paralelo a la maquinaria militar, y siempre se tendrá una reserva de contingente por si fuera necesario actuar, sin arriesgarlo todo. Con Bonaparte, cambia tanto la estrategia como la geopolítica, y Clausewitz lo refleja cuando afirma que “(...) incluso cuando se entabla sin aliados, la causa política de una guerra siempre tiene gran influencia sobre la manera como ésta es dirigida”. Los estados hacen sus cálculos, en la amenaza y en la defensa, y solo si la negociación ha fracasado, y las simples amenazas no han hecho su función, los estados guerrearán. Sin embargo, el principio moderador se impone sobre el acto de guerra, siempre, cuando los motivos se vuelven débiles y el arte militar (...) “se convierte en mera prudencia”. 

En el capítulo 6B Clausewitz abunda en el concepto de Guerra como instrumento de la política. Guerra y política son la misma cosa, siendo dependiente la primera de la segunda. El intercambio natural entre naciones queda interrumpido con la guerra que es “la continuación de la política con una combinación de otros medios”. La política no cesa en tiempos de guerra. La diplomacia, los contactos a través de otras naciones... ningún estado puede asumir durante mucho tiempo una contienda militar que produce gastos y un número importante de bajas entre sus ciudadanos, ya que el nivel de belicosidad dependerá de los intereses políticos en juego, pudiendo llegar a ser lo que Clausewitz llama guerra absoluta[34], donde lo militar siempre va a estar subordinado a lo político[35]. Al igual que la guerra tiene genios militares, la política tiene que tenerlos también, y un ministro de la guerra debe tener “una mente extraordinaria, de índole superior, y fortaleza de carácter (...)”. 

Los cambios en el campo militar son provocados por la política, lo que confirma su íntima conexión. Incluso hoy día podemos afirmar que las conclusiones de Clausewitz tienen validez. Hasta tal punto las tienen, que Jean Baudrillard en su libro La guerra del golfo no ha tenido lugar sostiene lo que denomina en su página 97 la Variante de Clausewitz, que no es otra cosa que (...) la no-guerra es la carencia de política proseguida por otros medios (...).






[1] Forma parte de la nobleza prusiana por su boda con la Condesa Marie Sophie Von Brülh, que publicó su obra una vez muerto; Clausewitz aparece citado en Guerra y Paz de Leon Tolstoi; participa del decisivo tratado de Tauroggen; participa de la batalla de Waterloo, el final de Napoleón Bonaparte; el matemático estadounidense Anatol Rapoport, citando al mariscal Sodolovsky, afirma que la estrategia de Clausewitz fue la base de la estrategia de Lenin desde 1917; Seminario sobre Clausewitz en la China de Mao Zedong en 1938; Dwigth Eisenhower aplica conceptos de Clausewitz en 1950, como el de “guerra absoluta”; Clausewitz es citado en películas como Lawrence de Arabia (David Lean), La cruz de hierro (Sam Peckinpah), El Hundimiento (Oliver Hirtchbiegel)... 
[4] “La guerra no es más que un duelo en una escala más amplia”. Clausewitz. De la guerra. Librodot.2002. 
[6] Emociones de los combatientes. 
[7] Como el ejército francés de Napoleón. 
[8] Lo que hoy llamaríamos seguridad colectiva. 
[9] Nunca debe suspenderse una vez iniciada la contienda puesto que uno de los oponentes dejaría de estar igualado al otro y estaría en inferioridad de condiciones. 
[10] “.../... de entrada nos hallamos ante un juego de posibilidades y probabilidades, de buena y mala suerte, que hace acto de presencia en todos los hilos, grandes y pequeños, de su trama y es el responsable de que, de todas las ramas de la actividad humana, sea la guerra la que más se parece a un juego de cartas”. Clausewitz. De la Guerra. Librodot. 2002. 
[11] Como dice Clausewitz (...) una lucha sin ninguna intención positiva (estar a la defensiva): economía de fuerzas y de medios. 
[12] “(...) en la concepción de la guerra resulta siempre implícito que todos los efectos que en ella puedan manifestarse tienen su origen en el combate”. Clausewitz. De la Guerra. Librodot.2002. 
[13] “(...) percibiremos que el combate de una fuerza tal tiene que corresponder también a una organización compleja, con partes subordinadas las unas a las otras y que actúan correlativamente”. Clausewitz. De la Guerra. Librodot. 2002. 
[14] El único medio para conseguir el objetivo político es “la decisión por las armas”. 
[15] En una adaptación de lo que el autor entendía por la actitud y aptitud de Napoleón Bonaparte. 
[16] Clausewitz lo entendía como el elevado nivel de formación adquirida en una civilización con intelectualidad; valor, constancia e intrepidez (combinados); fuerza física, fuerza de espíritu y sentido común, éste último (...) “un buen instrumento para la guerra”. 
[17] Courage d´esprit. 
[18] Lo que Clausewitz denomina con la expresión francesa coup d´oeil. 
[19] , Fuerza moral y mental, energía, firmeza y constancia. 
[20] (...) “Aunque otros sentimientos pueden ejercer una influencia más general, y muchos de ellos, como el amor a la patria, la sujeción fanática a una idea, la venganza, el entusiasmo de cualquier índole, etc., parecería que ocuparan una posición más elevada, no convierten en superfluas la ambición y búsqueda de la fama”. Clausewitz lo llama Ehrgeiz (codicia de honores) y Ruhmsucht (búsqueda de gloria). 
[21] (...)”la capacidad para formarse con rapidez una representación geométrica correcta de cualquier porción de territorio y, en consecuencia, para encontrar en cualquier momento, de modo ajustado y fácil, una posición en él”. 
[22] El conocimiento insuficiente del enemigo, los rumores, incertidumbre sobre las fuerzas propias y ajenas, la esperanza y la realidad, el abastecimiento, la actitud de cada uno de los soldados, el azar (tiempo meteorológico, niebla o lluvia), son algunas de las fricciones que cita Clausewitz. 
[23] El reclutamiento, el armamento, el equipamiento y el adiestramiento (proceso de creación de las fuerzas armadas por parte del Estado. 
[24] “preparar y conducir los encuentros aislados”. El uso de la fuerza militar en los combates individuales. 
[25] Combinar los diferentes encuentros aislados. El uso de la fuerza militar conjunta para ganar la guerra, ganando las diferentes batallas. 
[26] Estos tres últimos conceptos llamados como parte del mantenimiento para Clausewitz. 
[27] Mejor mentes frías y poderosas que imaginativas y extravagantes. 
[28] Acción-reacción en los combates, capacidad para responder a las adversidades. 
[29] No parece que el Estado Prusiano pensara lo mismo que él. 
[30] “(...) pero debe estar familiarizado con las cuestiones más importantes de Estado; debe reconocer y ser capaz de juzgar correctamente las tendencias tradicionales, los intereses en juego, los asuntos en disputa y las personalidades sobresalientes”. 
[31] La crítica que narrada, nos habla de cómo los genios resolvieron situaciones similares a las que nos encontramos en la guerra. “(...) esta tarea de la crítica de investigar qué efecto ha sido producido por una causa, y si el medio empleado ha sido el que se necesitaba para alcanzar su fin, resultará fácil si se hallan próximos la causa y el efecto, el fin y los medios”. 
[32] Ley (mandato y prohibición), el principio de la acción, el axioma y la regla, entre otras. 
[33] Prusia y Austria se unen en 1792 para invadir Francia para restaurar la monarquía y alejar las ideas de la Revolución Francesa. 
[34] Clausewitz diferencia entre los conceptos de Guerra absoluta (la que no existe en la práctica; mientras mayor sea la importancia del fin político, mayor será la tendencia de la guerra a ser absoluta). Lo que puede denominarse como Guerra teórica (los estados no utilizan todo su potencial ya que está condicionada al contexto político que la condiciona), y que Clausewitz considera desacertado. Guerra real (guerra en su verdadero aspecto, con fricción y emociones). Y Guerra limitada (si el despliegue de fuerzas no se corresponde con el fin político, no debe producirse el combate y seguir en la paz, aunque sea débil). 
[35] (...) “el arte de la guerra se transforma en política (...) en una política que entabla batallas en lugar de redactar notas diplomáticas”.