jueves, 11 de junio de 2015

Seguridad alimentaria

El concepto de seguridad ha evolucionado. Ya no estamos hablando únicamente de la defensa de un territorio, sino que estar seguro en el siglo XXI lleva implícitos otros conceptos tales como disponer de acceso al agua, a la cultura, a una gobernanza democrática o tener acceso al alimento. La seguridad alimentaria cobra especial atención estos días en la medida en la que los efectos del cambio climático se hacen más visibles. Garantizar comida y agua a la población permitirá vivir con mayor grado de seguridad. En este artículo de la Organización de las Naciones Unidas para la alimentación y la agricultura observamos cuales son los retos marcados para el futuro cercano. 



Hoy en día, la agricultura, la silvicultura y la pesca se enfrentan a muchos desafíos. La producción agrícola mundial tendrá que aumentar en torno a un 60 por ciento para 2050 con el fin de hacer frente a la ascendiente demanda de alimentos y piensos de una población mundial creciente y cambiante. Sin embargo, muchos de los sistemas actuales de producción ya están bajo presión, debido a la degradación de los recursos de tierra y agua, y la pérdida de biodiversidad y servicios ecosistémicos que resultan de prácticas no sostenibles. Estos problemas se agravarán por el cambio climático previsto y el incremento pronosticado de fenómenos meteorológicos extremos. La producción y los medios de vida se verán afectados por, entre otros factores, las altas temperaturas que superan los umbrales de supervivencia de cultivos, árboles y peces, el aumento de la acidez de los océanos y una mayor severidad de los fenómenos meteorológicos extremos. Si no se hace frente a estas cuestiones de manera adecuada, no podremos tener éxito para garantizar la seguridad alimentaria mundial, el desarrollo sostenible y equitativo y la erradicación de la pobreza.

Se prevé que el cambio climático afectará a los sectores de la agricultura, la silvicultura y la pesca de muchas maneras diferentes. Mientras que el aumento de las temperaturas y los efectos de la fertilización por CO2 pueden beneficiar la producción en algunas regiones a corto plazo, se prevé que las consecuencias globales sobre los rendimientos sean adversas. Los más afectados serán los más vulnerables, los que tienen menor capacidad de adaptación y mayor riesgo frente a los fenómenos meteorológicos extremos. La agricultura, la silvicultura y el uso de la tierra asociado contribuyen en torno a un 20-30 por ciento del total de las emisiones de GEI antropogénicos. En particular, la expansión de la agricultura para la producción agrícola o ganadera es la principal causa de la deforestación y la degradación de las turberas, lo que resulta en importantes pérdidas de las reservas de carbono contenidas en estos valiosos ecosistemas, así como de sus recursos genéticos.

Desafíos clave

El cambio climático representa una seria amenaza para la seguridad alimentaria mundial. Afecta a las cuatro dimensiones de la seguridad alimentaria: la disponibilidad de alimentos, el acceso a los alimentos, la estabilidad del suministro de alimentos, y la capacidad de los consumidores para utilizar adecuadamente los alimentos, incluyendo la inocuidad alimentaria y la nutrición. Los sistemas agrícolas y alimentarios requieren transformaciones fundamentales con el fin de responder a los desafíos relacionados con la seguridad alimentaria mundial y el cambio climático.

La adaptación de los sectores de agricultura, silvicultura y pesca, centrándose en la mejora de la resiliencia de los sistemas de producción y de las comunidades locales que dependen de ellos, es de importancia vital para hacer frente a las cambiantes condiciones climáticas previstas. Estas acciones deben desarrollarse en el contexto del incremento sostenible de la producción agrícola. Un uso más eficiente de los recursos y el aprovechamiento de los servicios ecosistémicos son elementos cruciales de esta estrategia. La agricultura, la silvicultura y la pesca pueden por lo tanto contribuir de manera significativa a los esfuerzos mundiales de mitigación, reduciendo su huella de carbono mediante la adopción de estrategias de crecimiento con bajas emisiones y mejorando el almacenamiento de carbono en los suelos, bosques y sistemas acuáticos. 

¿Que hay que hacer?

Abordar los retos del cambio climático requiere la coordinación de una variedad de enfoques, a menudo específicos para determinados sectores o prácticas y condiciones locales. La FAO ha desarrollado y promueve el concepto de Agricultura Climáticamente Inteligente como enfoque para desarrollar las condiciones técnicas, políticas y de inversiones para lograr la seguridad alimentaria bajo el cambio climático. El enfoque de la CSA se basa en tres pilares:
Aumentar de manera sostenible la productividad agrícola y los ingresos;
Adaptarse y crear resiliencia ante el cambio climático; y Reducir y/o eliminar las emisiones de Gas de Efecto Invernadero, siempre que sea posible.

El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático afirma que aproximadamente 20 a 30 por ciento de las especies que ha evaluado es probable que estén cada vez en mayor riesgo de extinción a medida que la temperatura media mundial supera los niveles preindustriales por 2 a 3 grados centígrados.

El enfoque de la agricultura climáticamente inteligente crea evaluaciones específicas para una ubicación de los beneficios potenciales para la seguridad alimentaria, la adaptación y la mitigación de tecnologías y prácticas agrícolas para guiar las estrategias agrícolas. La agricultura climáticamente inteligente vincula explícitamente la financiación del clima con las fuentes tradicionales de financiación agrícola identificando los beneficios de la adaptación y la mitigación y los medios de medir, informar y verificar su provisión.

La gobernanza internacional es un elemento vital para garantizar las medidas adecuadas en los sectores relacionados con el diseño e implementación de las respuestas al cambio climático. La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático es el foro clave de las políticas relacionadas con el cambio climático. En 2015 debe acordarse un nuevo régimen internacional sobre el clima bajo la CMNUCC para contener el calentamiento global por debajo de niveles críticos. Este acuerdo debería abordar las preocupaciones de los países en desarrollo, y en particular de los países menos desarrollados, con respecto a sus necesidades para adaptarse a la creciente variabilidad y los impactos previstos del cambio climático en sus sectores agrícolas, al tiempo que se promueve su potencial para contribuir a la reducción global de las emisiones de GEI.

Cambio Climático

El cambio climático se suma a los desafíos a los que se enfrentan los sistemas alimentarios y agrícolas. Representa una amenaza fundamental para la seguridad alimentaria mundial, el desarrollo sostenible y la erradicación de la pobreza.
La agricultura, incluidas la silvicultura y la pesca, necesita adaptarse a los impactos del cambio climático y mejorar la resiliencia de los sistemas rurales de producción y cadenas de valor, logrando al mismo tiempo un aumento sostenible de sus bienes y servicios.
Mientras que la agricultura, la silvicultura y la pesca contribuyen a las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), ofrecen también oportunidades para la mitigación del cambio climático. Si cuenta con el apoyo de mecanismos de incentivos apropiados, la mitigación puede trabajar en sinergia con la adaptación y contribuir de forma importante al desarrollo rural y la sostenibilidad ambiental.
El cambio climático debe abordarse como una parte integral de la agenda global de desarrollo para dar lugar a resultados positivos sostenibles.



Puedes ver el artículo completo en este enlace de la FAO. 


viernes, 5 de junio de 2015

Estado Islámico: Crónica del horror

Artículo de Graeme Wood. 
© 2015 ‘The Atlantic’. Publicado en ‘The Atlantic’. Distributed by Tribune Content Agency, LLC. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.
Publicado en El País el 6 de mayo de 2015.

 ¿Qué es el Estado Islámico? ¿Cuáles son sus orígenes? ¿Y sus intenciones? La simplicidad de estas preguntas es engañosa. Pocos líderes occidentales parecen conocer las repuestas. “Ni siquiera entendemos el concepto”, reconocía el general Michael K. Nagata, jefe de operaciones especiales de Estados Unidos en Oriente Próximo, en unos comentarios confidenciales publicados por The New York Times en diciembre. En el último año, Barack Obama ha dicho del Estado Islámico que “no es islámico” y, en otras ocasiones, que es una filial de Al Qaeda, unas declaraciones que reflejan la confusión existente y que, tal vez, han llevado a cometer importantes errores estratégicos.

El Estado Islámico (EI) tomó la ciudad de Mosul (Irak) en junio de 2014 y ya controla un territorio más grande que Reino Unido. Abubaker Al Bagdadi es su líder desde 2010, pero su imagen más reciente, hasta el pasado verano, era una fotografía borrosa de la época que estuvo preso en Camp Bucca, durante la ocupación norteamericana de Irak. Cuando el 5 de julio de 2014 subió al púlpito de la Gran Mezquita de Al Nuri, en Mosul, para autoproclamarse el primer califa en varias generaciones, pasó de la imagen borrosa a la alta resolución, y de guerrillero en busca y captura a jefe supremo de todos los musulmanes. Desde entonces no ha cesado el flujo de yihadistas de todo el mundo hacia el territorio controlado por el Estado Islámico.

Nuestra ignorancia sobre este movimiento es, en parte, comprensible: es un reino ermitaño y pocos de los que han ido hasta allí han vuelto. Al Bagdadi solo ha hablado ante las cámaras en una ocasión. Pero sus palabras, como todos los demás vídeos y encíclicas de propaganda del Estado Islámico, están en la Red, y los seguidores del califato han hecho enormes esfuerzos para que su proyecto se conozca: rechazan la paz por principio; tienen hambre de genocidio; su visión religiosa es totalmente incompatible con cierto tipo de cambios, que incluso podrían garantizar su supervivencia, y se considera a sí mismo un heraldo –y jugador fundamental– del inminente fin del mundo.

El Estado Islámico, también denominado Estado Islámico de Irak y al Sham (Daesh en árabe, ISIS en inglés), se guía por una corriente del islam con una peculiar concepción del camino hacia el Día del Juicio Final. Esta creencia condiciona su estrategia y puede ayudar a Occidente a conocer a su enemigo y predecir su comportamiento. Su ascenso al poder, más que parecerse al triunfo en Egipto de los Hermanos Musulmanes –a quienes el Estado Islámico considera apóstatas–, se asemeja a la materialización de una realidad alternativa y distópica, como si David Koresh o Jim Jones [líderes de dos de las sectas suicidas más conocidas del mundo] hubieran sobrevivido para dominar no a unos pocos cientos de adeptos, sino a ocho millones de personas.

Hemos malinterpretado la naturaleza del Estado Islámico en dos aspectos. En primer lugar, tendemos a pensar que el Yihadismo es monolítico y aplicamos la lógica de Al Qaeda a una organización que la ha eclipsado de manera decisiva. Los partidarios del Estado Islámico entrevistados para este artículo todavía se refieren a Osama bin Laden como sheik Osama, “el jeque Osama”, un título honorífico. Pero el yihadismo ha evolucionado desde los tiempos del apogeo de Al Qaeda, entre 1998 y 2003, y muchos combatientes desprecian a sus líderes actuales y sus prioridades.

Bin Laden consideraba su actividad terrorista como el preludio de un califato que no esperaba ver en vida. Su organización era flexible y funcionaba como una red de células autónomas dispersas geográficamente. El Estado Islámico, por el contrario, necesita controlar un territorio para tener legitimidad, y una estructura vertical para gobernarlo.


También nos ha llevado a error una campaña bien intencionada, pero deshonesta, para negar la naturaleza religiosa medieval del Estado Islámico. Peter Bergen, que publicó la primera entrevista con Bin Laden en 1997, tituló su libro Guerra Santa S.A. , en parte porque consideraba al líder yihadista como un producto del mundo laico y moderno. Bin Laden convirtió el terrorismo en una empresa y creó franquicias. Exigía concesiones políticas concretas, como la retirada de las fuerzas estadounidenses de Arabia Saudí. Su infantería se movía a sus anchas por el mundo moderno: en su último día de vida, Mohamed Atta hizo compras en Walmart y comió en Pizza Hut.

Es tentador encajar al Estado Islámico en esta percepción y considerar a los yihadistas como personajes laicos y modernos, con preocupaciones políticas modernas y con un disfraz religioso. Pero lo cierto es que muchas de las cosas que hace la organización parecen absurdas salvo si se analizan desde la óptica de un compromiso sincero y meditado para hacer retroceder a la civilización actual al siglo VII y culminar con la llegada del Apocalipsis.

Los portavoces más elocuentes de esta postura son los responsables y seguidores del Estado Islámico. Cuando se habla con ellos, se burlan de la modernidad e insisten en que no quieren –no pueden– apartarse de los preceptos del profeta Mahoma y sus colaboradores. Suelen utilizar códigos y alusiones que suenan extraños o anticuados a los no musulmanes y que remiten a tradiciones y textos concretos del primer islam.

La realidad es que el Estado Islámico es islámico. Muy islámico. Es innegable que ha atraído a psicópatas y aventureros, reclutados sobre todo entre las poblaciones desafectas de Oriente Próximo y Europa. Pero la religión que predican sus seguidores más fervientes deriva de unas interpretaciones coherentes e incluso eruditas del islam. Prácticamente todas las decisiones importantes y las leyes promulgadas por el Estado Islámico se atienen de forma puntillosa a lo que en sus comunicados, pronunciamientos, carteles, membretes y monedas se denomina “la metodología profética”, es decir, la profecía y el ejemplo de Mahoma. Puede que los musulmanes rechacen el Estado Islámico; la mayoría lo hace. Pero el empeño en decir que no es un grupo religioso y milenarista, con una teología que debemos comprender para poder combatirla, ha llevado ya a Estados Unidos a infravalorarlo y respaldar planes insensatos para intentar acabar con su poder. Es necesario conocer la genealogía intelectual del Estado Islámico para que nuestra reacción no le fortalezca, sino que le empuje a inmolarse en su propio celo.

I. Devoción

El Estado Islámico hizo público en noviembre un vídeo que establecía sus orígenes en Bin Laden. Mencionaba como predecesor inmediato a Abu Musab al Zarqawi, el brutal jefe de Al Qaeda en Irak desde 2003 hasta su muerte en 2006, seguido de dos dirigentes antes de Al Bagdadi, el califa. Llamaba la atención la omisión de Aiman al Zawahiri, el cirujano egipcio que dirige hoy Al Qaeda. Al Zawahiri no ha jurado lealtad a Al Bagdadi y despierta un odio creciente entre los demás yihadistas. La división entre Al Qaeda y el Estado Islámico viene de muy atrás y ayuda a explicar, al menos en parte, la desmesura sanguinaria de este último grupo. Del lado de Al Zawahiri está un clérigo jordano, Abu Mohamed al Maqdisi, que se declara con cierta razón arquitecto intelectual de Al Qaeda y es el menos conocido de los jefes yihadistas. Al Maqdisi coincide con el Estado Islámico en la mayoría de los aspectos doctrinales. Ambos se identifican con el ala yihadista de una rama del sunismo llamada salafismo, de al salaf al salih, que en árabe quiere decir “devotos antepasados”. Esos antepasados son el Profeta y sus primeros seguidores, a los que los salafistas veneran e imitan porque los consideran modelos de comportamiento en la guerra, el vestir y la familia.

Al Maqdisi formó a Al Zarqawi, que fue a la guerra en Irak teniendo presentes los consejos del anciano. Sin embargo, con el tiempo, Al Zarqawi superó a su mentor en fanatismo y acabó recibiendo una reprimenda de él. Los motivos fueron la afición de Al Zarqawi a los espectáculos sanguinarios y, desde el punto de vista de la doctrina, su odio a otros musulmanes, hasta el punto de excomulgarlos y matarlos. Al Maqdisi escribió a su antiguo pupilo para decirle que debía tener cautela con el exceso de excomuniones (takfir) y que no debía “declarar que las personas son apóstatas porque han pecado”. La distinción entre apóstata y pecador puede parecer sutil, pero es un punto especialmente controvertido entre Al Qaeda y el Estado Islámico. Negar la santidad del Corán o las profecías de Mahoma es apostasía. Pero Al Zarqawi y el Estado engendrado por él opinan que hay muchos otros actos que pueden hacer que se expulse a un musulmán del islam.

Entre ellos, vender alcohol o drogas, llevar vestimenta occidental, afeitarse la barba, votar en unas elecciones –incluso por un candidato musulmán– y evitar calificar a otros de apóstatas. Ser chií, como lo son la mayoría de los árabes de Irak, también es un motivo, porque el Estado Islámico considera que el Chiismo es una innovación, e innovar aspectos del Corán es negar su perfección original. Eso significa condenar a muerte a alrededor de 200 millones de chiíes [rama del islam que supone entre el 10% y el 15% de los musulmanes de todo el mundo; el resto son prácticamente todos suníes]. Y también a los jefes de Estado de todos los países musulmanes, porque han situado las leyes hechas por el ser humano por encima de la sharía (ley islámica) al presentarse a unas elecciones o al hacer cumplir leyes no escritas por Dios.

Al seguir esta doctrina takfiri, el Estado Islámico asume el compromiso de purificar el mundo mediante el asesinato de un inmenso número de personas. La falta de informaciones objetivas impide conocer la verdadera dimensión de las matanzas que se están llevando a cabo en su territorio. Pero los comentarios en las redes sociales indican que las ejecuciones individuales son más o menos continuas, y cada pocas semanas las hay masivas. Las víctimas suelen ser sobre todo musulmanes “apóstatas”. Al parecer, los cristianos que no se resisten al nuevo Gobierno quedan exonerados de la ejecución automática. Al Bagdadi les permite vivir siempre que paguen un impuesto especial, llamado jizya, y reconozcan su sometimiento.

Hace siglos que terminaron las guerras de religión en Europa y que la gente dejó de morir en masa por arcanas disputas teológicas. Quizás eso explica la incredulidad de los occidentales ante las informaciones sobre las bases teológicas y las prácticas del Estado Islámico. Muchos se niegan a creer que esta organización sea tan devota como dice ser, o tan retrógrada o apocalíptica como sugieren sus acciones y declaraciones.

Su escepticismo es comprensible. Hasta hace no mucho, los occidentales que acusaban a los musulmanes de seguir ciegamente preceptos antiguos se granjeaban las críticas de algunos intelectuales –en particular, del difunto Edward Said– que señalaban que llamar “antiguos” a los musulmanes era, simplemente, otra forma de denigrarlos. En lugar de eso, nos decían estos académicos, debíamos fijarnos en el contexto en el que surgían esas ideas: países mal gobernados, costumbres sociales cambiantes, la humillación de vivir en unas tierras que solo se valoraban por el petróleo…

Sin estos factores es imposible tener una visión completa del ascenso del Estado Islámico. Pero centrarse solo en ellos y excluir la ideología es un reflejo de otro tipo de sesgo propio de Occidente: considerar que si la religión no tiene importancia en Washington o Berlín, debe de ser igualmente irrelevante en Raqqa o Mosul. Pues bien, cuando un hombre enmascarado grita “Allahu Akbar” [Alá es el más grande] mientras decapita con un cuchillo a un apóstata, a veces lo hace por motivos religiosos.

Muchas organizaciones musulmanas afirman que las prácticas del Estado Islámico son antiislámicas. Es tranquilizador saber que la mayoría de los musulmanes no tiene el más mínimo interés en sustituir las películas de Hollywood por vídeos de ejecuciones públicas para pasar un rato entretenido después de la cena. Ahora bien, los musulmanes que llaman antiislámico al Estado Islámico, explica el profesor de Princeton Bernard Haykel, el mayor experto en la teología de esa organización, “están avergonzados y son políticamente correctos, y tienen una visión edulcorada de su propia religión” que olvida “las exigencias históricas y legales de su fe”. Según Haykel, las filas del Estado Islámico están impregnadas de fuerza religiosa. Las citas del Corán son constantes. “Hasta los soldados rasos las sueltan sin parar”, asegura. “Posan delante de las cámaras y repiten las doctrinas como fórmulas”. En su opinión, las afirmaciones de que el Estado Islámico ha tergiversado los textos del islam son absurdas. “La gente quiere absolver al islam”, dice. “Es ese mantra de que el Islam es una religión de paz. ¡Como si existiera una cosa llamada islam! El islam es lo que hacen los musulmanes, cómo interpretan los textos”. Todos los suníes comparten esos textos, no solo el Estado Islámico. “Y estos individuos tienen tanta legitimidad como cualquier otro” para desentrañarlos.

Todos los musulmanes reconocen que las primeras conquistas de Mahoma no fueron un asunto aseado. Las leyes de la guerra transmitidas tanto al Corán como a otras narraciones sobre el Profeta eran la respuesta a una época turbulenta y violenta. En opinión de Haykel, los combatientes del Estado Islámico han retrocedido al primer islam y reproducen al pie de la letra sus normas bélicas. Entre ellas se incluyen varias prácticas que los musulmanes contemporáneos prefieren no reconocer como parte de sus textos sagrados. “No son unos [yihadistas] enloquecidos que manipulan la tradición medieval para justificar la esclavitud, la crucifixión y las decapitaciones”, dice Haykel. Son soldados que “se sitúan en el corazón de la tradición medieval y la aplican sin fisuras en el presente”.


Al Qaeda nunca habló de recuperar la esclavitud. ¿Por qué lo iba a hacer? Quizá no planteó la cuestión por razones estratégicas, para evitar perder apoyo entre la opinión pública. Cuando el Estado Islámico empezó a esclavizar a gente, se escandalizaron incluso algunos de sus seguidores. Aun así, el califato sigue utilizando la esclavitud y la crucifixión sin inmutarse. “Conquistaremos vuestra Roma, romperemos vuestras cruces y esclavizaremos a vuestras mujeres”, prometió Abu Mohamed al Adnani, su portavoz principal, en uno de sus mensajes de amor a Occidente.Los líderes del Estado Islámico creen que emular a Mahoma es su deber y han revivido tradiciones que llevaban cientos de años olvidadas. “Lo asombroso no es solo que las apliquen de forma tan literal, sino la seriedad con la que leen los textos”, explica Haykel. “Muestran una minuciosidad y una obsesión poco habituales entre los musulmanes”.

II. Territorio

Se cree que al califato han llegado decenas de miles de musulmanes. Los reclutas proceden de Francia, Reino Unido, Bélgica, Alemania, Holanda, Australia, Indonesia y Estados Unidos, entre otros países. Muchos van a luchar; muchos tienen la intención de morir. Internet se ha convertido en un instrumento esencial para difundir su propaganda y asegurarse de que los neófitos saben qué deben creer, según explica Peter R. Neumann, catedrático del King´s College de Londres. Además, el reclutamiento en la Red ha ampliado las estadísticas demográficas de la comunidad yihadista, al permitir que mujeres musulmanas conservadoras, aisladas físicamente en sus hogares, entren en contacto con los captadores, se radicalicen y se organicen para llegar a Siria. Con su capacidad de atraer tanto a hombres como a mujeres, el Estado Islámico confía en construir una sociedad completa.

En Australia vive una de las “nuevas autoridades espirituales” más importantes que guían a los extranjeros que se incorporan al Estado Islámico. Se trata de Musa Cerantonio, un hombre de 30 años que durante tres años fue telepredicador en Iqraa TV, en El Cairo, pero se marchó cuando la cadena se opuso a sus constantes llamamientos a establecer un califato. Hoy predica en Facebook y Twitter. Las autoridades le han retirado el pasaporte y no puede moverse de Melbourne. Cerantonio procede de una familia mitad italiana, mitad irlandesa, y es un hombre amigable y educado. Dice que palidece al ver los vídeos de decapitaciones. Odia la violencia, pese a que los partidarios del Estado Islámico tienen la obligación de apoyarla.

El califato, según Cerantonio, no es una mera entidad política, sino también un vehícu­lo de salvación. La propaganda del Estado Islámico informa periódicamente de las promesas de baya’a (lealtad) que llegan de grupos yihadistas de todo el mundo musulmán. El musulmán que reconoce a un solo dios omnipotente y reza, pero muere sin haber jurado lealtad a un califa legítimo ni haber cumplido las obligaciones de dicho juramento, no ha vivido una vida plenamente islámica. ¿No es ese el caso de la mayoría de los musulmanes de la historia? Cerantonio asiente: “Yo digo incluso que el islam ha sido reestablecido” con Al Bagdadi.


En teoría, todos los musulmanes tienen la obligación de emigrar al califato. Después del sermón de Al Bagdadi en julio, empezó a llegar a Siria una avalancha diaria de yihadistas. Estaban más motivados que nunca. Como Anjem Choudary, Abu Baraa y Abdul Muhid. Viven en Londres y están deseando emigrar al Estado Islámico. Pero las autoridades han confiscado sus pasaportes.Cerantonio, como muchosseguidores del Estado Islámico, no reconoce la legitimidad del anterior califato: el Imperio Otomano, que alcanzó su apogeo en el siglo XVI y luego experimentó un largo declive, hasta que el fundador de la República de Turquía, Mustafá Kemal Atatürk, lo remató en 1924. Lo rechazan por dos motivos: no hacía respetar plenamente la ley islámica y sus califas no eran descendientes de la tribu del Profeta, los quraish. Para ser califa, según los requisitos del código suní, hay que ser hombre, adulto, musulmán, de linaje quraish; dar muestras de honradez moral e integridad física y mental, y poseer autoridad (amr). Este último criterio es el más difícil de cumplir: requiere que el califa disponga de un territorio en el que imponer la ley islámica.

III. El Apocalipsis

El Estado Islámico se distingue del resto de los grupos yihadistas porque se considera un personaje central del guion de Dios. Tiene sus preocupaciones mundanas (incluidos la recogida de basuras y el suministro de agua potable en las zonas que controla), pero su razón de ser es, por encima de todo, el Fin de los Tiempos. Bin Laden no solía mencionar el Apocalipsis y, cuando lo hacía, parecía contar con que ese glorioso momento de ajuste de cuentas divino llegaría mucho después de su muerte. En cambio, los fundadores del Estado Islámico ven signos claros del fin del mundo desde los últimos años de la ocupación estadounidense de Irak.

Rodeada de cultivos, la ciudad siria de Dabiq, cerca de Alepo, es clave. Según el Profeta, allí es donde se librará la gran batalla entre los ejércitos de Roma y las fuerzas del islam. Dabiq será el Waterloo de Roma. Tras apoderarse de la ciudad, el Estado Islámico aguarda la llegada del ejército enemigo, cuya derrota iniciará la cuenta atrás hacia el Apocalipsis. En los vídeos del Estado Islámico, los medios occidentales suelen pasar por alto las referencias a Dabiq, mientras que dedican toda su atención a las horripilantes escenas de decapitaciones.

La narración del Profeta que predice la batalla de Dabiq identifica al enemigo con Roma. Quién es Roma es materia de debate. Cerantonio dice que Roma representa el Imperio Romano de Oriente, que tenía su capital en lo que hoy es Estambul. Otras voces del Estado Islámico sugieren que Roma puede ser cualquier ejército infiel, y Estados Unidos sirve perfectamente.

IV. La lucha

La pureza ideológica del Estado Islámico tiene una virtud: nos permite predecir algunas de sus acciones. Bin Laden era poco predecible. En cambio, el Estado Islámico presume abiertamente de sus planes; no de todos, pero sí los suficientes como para deducir cómo quiere gobernar y expandirse.

En Londres, Choudary y sus alumnos explican con detalle cómo debe ser la política exterior del califato. Ha emprendido ya la llamada yihad ofensiva, la expansión por la fuerza a países gobernados por no musulmanes. “Hasta ahora nos limitábamos a defendernos”, según Choudary; sin un califato, la yihad ofensiva es un concepto imposible de aplicar. En cambio, librar una guerra para expandir el territorio es un deber esencial del califa.

La ley islámica solo autoriza tratados de paz provisionales, que no estén en vigor más de 10 años, según Abu Baraa, el colega de Choudary. Del mismo modo, las fronteras son anatema, tal como declaró el Profeta y repiten los vídeos del Estado Islámico. El califa debe hacer la yihad al menos una vez al año.

El sistema internacional moderno, nacido en 1648 del Tratado de Paz de Westfalia, se basa en que cada Estado reconozca las fronteras, aun a regañadientes. Para el Estado Islámico, ese reconocimiento es un suicidio ideológico. Otros grupos islamistas, como los Hermanos Musulmanes y Hamás, han sucumbido a los halagos de la democracia y la posibilidad de una invitación a formar parte de la comunidad de naciones, incluso con un sitio en la ONU. La negociación y las concesiones también les han sido útiles en ocasiones a los talibanes.

Las ambiciones del Estado Islámico y sus planes estratégicos eran evidentes en sus declaraciones y en las redes sociales ya en 2011, cuando no era más que uno de tantos grupos terroristas en Siria e Irak y todavía no había cometido atrocidades en masa. Si hubiéramos identificado desde el principio sus intenciones, y comprendido que el vacío de poder en Siria e Irak les daría un amplio margen de actuación, habríamos podido, por lo menos, presionar a Irak para que llegara a acuerdos con la minoría suní y reforzara su frontera con Siria. Eso al menos habría evitado el efecto multiplicador y propagandístico de la declaración del califato. Sin embargo, hace poco más de un año, Obama declaró a The New Yorker que, en su opinión, el EI era el socio débil de Al Qaeda. “Si un equipo filial se pone la camiseta de los Lakers, eso no les convierte en Kobe Bryant”, dijo. El no haber detectado la división entre el Estado Islámico y Al Qaeda ni sus divergencias ha llevado a decisiones peligrosas. Por ejemplo, los intentos por parte de Washington de que Al Maqdisi, líder de Al Qaeda, intercediera ante Turki al Binali, antiguo discípulo suyo y hoy ideólogo del Estado Islámico, para salvar la vida de Peter Kassig. El cooperante fue decapitado en noviembre. Su muerte fue una tragedia, pero más trágico habría sido el éxito del plan. Una reconciliación entre Al Maqdisi y Al Binali habría empezado a acercar a las dos principales organizaciones yihadistas del mundo.

Occidente se enfrenta ahora al Estado Islámico a través de los kurdos y los iraquíes en el campo de batalla y mediante ataques aéreos. Estas estrategias no han desplazado al EI de todas sus posesiones territoriales, aunque sí han impedido el ataque a Bagdad y Erbil y las matanzas de chiíes y kurdos en las dos ciudades. Algunos observadores han pedido una intervención directa, con el despliegue de decenas de miles de soldados estadounidenses. No conviene desechar estos llamamientos demasiado deprisa: se trata de una organización declaradamente genocida que comete atrocidades diarias en el territorio bajo su control.



Una forma de deshacer el embrujo que el Estado Islámico ejerce sobre sus seguidores sería dominarlo militarmente y ocupar los territorios de Siria e Irak que hoy se encuentran bajo su poder. Al Qaeda es imposible de erradicar porque puede sobrevivir como las cucarachas, bajo tierra. El Estado Islámico, no. Si pierde el territorio, dejará de ser un califato. Los califatos no pueden existir como movimientos clandestinos, porque la autoridad territorial es un requisito indispensable: si se les arrebata, los juramentos de lealtad dejarán de ser vinculantes. Los antiguos fieles podrían seguir atacando a Occidente y decapitando a los enemigos por su cuenta, desde luego. Pero el valor propagandístico del califato desaparecería, y con él, el supuesto deber religioso de viajar allí para ponerse a su servicio.

Sin embargo, los peligros que supone una escalada del conflicto son inmensos. El mayor partidario de una invasión estadounidense es el propio Estado Islámico. Es evidente que los vídeos en los que un verdugo encapuchado se dirige a Obama por su nombre pretenden arrastrar a Estados Unidos a la lucha. Una invasión sería una gran victoria propagandística para los yihadistas de todo el mundo y ayudaría a reclutar más gente. Además, Washington se resiste porque es consciente de los malos resultados que ha cosechado en campañas anteriores. Al fin y al cabo, el ascenso del Estado Islámico se produjo porque la ocupación norteamericana creó un espacio para Al Zarqawi y sus seguidores. ¿Quién sabe qué consecuencias tendría otro fracaso?

Dado todo lo que se sabe del Estado Islámico, seguir desangrándolo poco a poco, con ataques aéreos y guerras con terceros, parece la menos mala de las opciones militares. Ni los kurdos ni los chiíes van a poder controlar todo el territorio suní en Siria e Irak; allí les odian, y en cualquier caso no tienen ganas de una aventura de ese tipo. Pero lo que sí pueden hacer es impedir que el Estado Islámico cumpla su deber de expandirse. Sin conseguir ese objetivo, el califato no será el Estado conquistador del profeta Mahoma, sino otro Gobierno más de Oriente Próximo incapaz de llevar la prosperidad a su pueblo.

El coste humano de la existencia del Estado Islámico es terrible. Pero la amenaza que representa para Estados Unidos es menor que Al Qaeda. El núcleo de este último grupo está obsesionado con el “enemigo lejano” (Occidente). Pero en general lo que interesa a los yihadistas es su entorno. El Estado Islámico ve enemigos en todas partes y, aunque sus dirigentes aborrecen a Estados Unidos, la aplicación de la sharía en el califato y la expansión a las regiones vecinas son sus prioridades.

Los combatientes extranjeros (con sus esposas e hijos) viajan al califato con billetes de ida: quieren vivir bajo la auténtica sharía, y muchos desean ser mártires. Algunos lobos solitarios que apoyan el Estado Islámico han atacado objetivos occidentales, y habrá más atentados. Pero los terroristas, en su mayoría, son aficionados frustrados, que no han podido viajar al califato porque les han confiscado el pasaporte. Aunque el Estado Islámico celebre estos atentados, todavía no ha planeado ni financiado ninguno. (El ataque contra Charlie Hebdo, en enero en París, fue fundamentalmente una operación de Al Qaeda).

Contenido de forma adecuada, lo más probable es que el Estado Islámico se busque su propia ruina. Ningún país es aliado suyo. El territorio que controla, aunque vasto, está deshabitado en su mayor parte y es muy pobre. A medida que deje de expandirse o incluso se reduzca, su afirmación de que es el instrumento de la voluntad divina y el agente del Apocalipsis perderá fuerza y llegarán menos creyentes. Y cuando se filtren cada vez más informaciones sobre la mísera situación interna, otros movimientos islamistas radicales sufrirán el descrédito: nadie se ha esforzado tanto en implantar estrictamente lasharía por medios violentos. Y este es el resultado. No obstante, es poco probable que la muerte del Estado Islámico sea rápida.

V. Disuasión

Sería fácil, incluso exculpatorio, decir que el problema del Estado Islámico es “un problema con el islam”. Sin embargo, limitarse a acusar al califato de antiislámico puede ser contraproducente, sobre todo si quienes reciben el mensaje han leído los textos sagrados y han visto que muchas de las prácticas del califato quedan refrendadas en ellos.

Los musulmanes pueden alegar que ni la esclavitud ni la crucifixión son hoy legítimas. Muchos lo dicen. Pero no pueden condenar la esclavitud ni la crucifixión sin contradecir al Corán y el ejemplo del Profeta.

La ideología del Estado Islámico ejerce una poderosa influencia sobre cierto sector de la población. Musa Cerantonio y los salafistas de Londres son inasequibles al desaliento: ninguna pregunta les hace titubear. Hasta es posible pasarlo bien con ellos, y eso es lo que da más miedo. Al reseñar Mein Kampf en marzo de 1940, George Orwell confesó que no había podido “nunca sentir antipatía por Hitler”; algo en él que despertaba la compasión por el perdedor, incluso aunque sus objetivos fueran cobardes u odiosos. “Si estuviera matando un ratón, sabría hacer creer que era un dragón”.

Con los partidarios del Estado Islámico sucede algo parecido. Creen que están involucrados en unas luchas que rebasan con mucho sus propias vidas, y que el mero hecho de participar en ese drama, y en el bando de los justos, es un privilegio y un placer.

Que el Estado Islámico considere como dogma el cumplimiento de profecías define el ánimo de nuestro rival. No hay que menospreciar su atractivo intelectual y religioso. Se puede recurrir a herramientas ideológicas para hacer ver a los conversos potenciales que el mensaje del grupo es falso. Y las herramientas militares pueden limitar sus horrores. Poco más puede hacerse ante una organización tan inmune a la persuasión como esta. Y la guerra posiblemente será larga, aunque no dure hasta el fin de los tiempos.

viernes, 29 de mayo de 2015

Así se forja un Yihadista

En la piel de una Yihadista es un excelente libro de Anna Erelle. Aunque ya tendremos la oportunidad de hacer la crítica del libro, he querido ponerlo como referencia para ilustrar el artículo que recogemos hoy. ¿Qué es un/una yihadista? Pero sobre todo, ¿Cómo se hace un/una yihadista? Aprovechamos un gran artículo de María Ferreira y Alberto Rojas, publicado en El Mundo el pasado 17 de Mayo sobre la captación de yihadistas en Somalia y Kenya. 

Primero destruyeron la fábrica de Coca-Cola y censuraron las bebidas 'americanas'. Luego derrumbaron las mezquitas sufíes, arrasaron la catedral católica, profanaron el cadáver del obispo y le sacaron los dientes de oro, prohibieron el deporte, asesinaron a los periodistas y silenciaron la radio.

Era Mogadiscio en 2007, el 'año cero' de Al Shabab. Y a pesar de todo eso muchos jóvenes en Somalia se unieron a ellos. "Esta es una ciudad sin ley. Preferimos la Sharia de Al Shabab a la ausencia de autoridad", decían. Aún entonces se podía entrevistar a sus líderes, que odiaban ya todo lo occidental aunque ellos mismos vistieran vaqueros Levi's y calzaran unas Nike.

Después llegaron las lapidaciones en el estadio nacional a mujeres por mirar a otros hombres, las grandes ejecuciones sumarias a hombres por ver el fútbol o escuchar música, los 'nanoburkas' de colores como condena de por vida para las niñas, la prohibición total de que la piel de un hombre pudiera rozar la de una mujer, a no ser que fuera su marido. Pero el veneno ya estaba sembrado y Al Shabab reclutaba en sus mezquitas cada vez más adolescentes para hacer su yihad.

Hoy, esa recluta se hace también en Kenia, donde la organización, con más de 5.000 miembros, ya está enraizada.

Puede que hayan perdido sus grandes ingresos por secuestros, por el final de la piratería o por la pérdida del mercado de Bakara en Mogadiscio, donde cobraban impuestos a los vendedores, pero siguen llegando fondos. ¿De dónde? Según una investigación realizada por el foro 'Elephant Action League' (EAL) bajo el título 'El oro blanco de la yihad', el 40% de los fondos de Al Shabab provienen de la caza furtiva y el tráfico de marfil desde el noroeste de Kenia hasta los puertos que aún controla en la costa del Índico. Desde allí, los cuernos de elefante viajan, hacia China, Corea y Japón, sus mercados preferentes.

Después de la masacre de la Universidad de Garissa, el pasado mes de abril, sus habitantes observaban los cuerpos de los cuatro terroristas que yacían desnudos y ensangrentados, unos encima de otros, en la parte trasera de una pickup que avanzó por la calle principal. La exhibición de los cuerpos se convirtió en una advertencia que venía a decir: "Mirad lo que les sucede a los terroristas".

Uno de esos cuerpos pertenecía a Abdirahman Mohammed Abdullahi, un chaval que había estudiado derecho en la Universidad de Nairobi. "Era una buena persona", asegura Hassan, un amigo del yihadista fallecido. Era una buena persona que tuvo la sangre fría de torturar a sus víctimas antes de asesinarlas en un ataque en el que murieron 148 estudiantes. Hassan no se explica cómo su amigo pudo cometer esa barbaridad. "Es inexplicable", repite una y otra vez.

El caso de Hassan no es el único. Jóvenes sociables y con futuro que acaban seducidos por Al Shabab y su versión retorcida del Islám. ¿Cómo es posible? "Abdirahman aspiraba a la excelencia", dice Hassan. "Los líderes de Al Shabab le prometieron que la alcanzaría luchando por su pueblo, por su religión, por sus raíces. En Al Shabab saben bien quién es vulnerable y se fijan en personas como Abdirahman, gente que sigue las reglas, que acude a la mezquita regularmente, que están preocupadas por las injusticias del mundo", explica Hassan. "Muchos de nosotros hemos pasado por momentos de debilidad donde sólo encuentras apoyo en la religión. Si ellos te ofrecen la oportunidad de luchar por una causa que consideras justa, entonces estás dentro. Es así de fácil".

Una de las fórmulas más utilizadas para radicalizar a los jóvenes es crear un enemigo, "el otro" contra el que luchar, la amenaza de su identidad. "A los somalíes nos suelen decir que se nos trata de forma injusta, que la policía viola a nuestras mujeres, quetenemos la obligación de defender a Alá", dice Hassan.

Abdirahman desapareció en Somalia hace 11 meses, y no se supo nada de él hasta que volvió convertido en un terrorista en Garissa. Esos meses de aislamiento son imprescindibles para entender el lavado de cerebro en compañía de imames radicales.

Más allá de la ideología yihadista, también existen las razones económicas. Con atentados como el de Westgate (Nairobi), Mandera o el de Garissa, Al Shabab crea un círculo vicioso que les beneficia: cuántos más ataques, menos turistas. Cuántos menos turistas, más paro y desesperación en los jóvenes. Cuanta más desesperación, más gente dispuesta a hacerse terrorista. Llegados a este punto, sólo hace falta mejorar el sueldo: un miembro de Al Shabab cobra 300 dólares al mes más manutención y una ración diaria de khat, la droga somalí, similar a la hoja de coca. Un soldado de las fuerzas armadas de Kenia apenas alcanza los 200.

Hussein, un abogado experto en terrorismo que se encontraba en Garissa durante el ataque, asegura que "cuando se habla de un fundamentalismo religioso también hay que hacerlo de un fundamentalismo económico y político. El terrorismo que se apoya en la religión, en este caso en el Islám, ofrece a sus miembros una categoría privilegiada", apunta Hussein. Para los jóvenes miembros de Al Shabab, los cuatro asesinos que mataron a 148 personas no son sólo mártires, sino un ejemplo a seguir.

Garissa es una ciudad de mayoría somalí, como lo son también Mandera y Wajir, donde la diáspora de los que huyen de la guerra y la hambruna se mezcla con los que se infiltran. Al Shabab tiene el control sobre estas ciudades. El gobierno trata de recuperarlo con redadas masivas e indiscriminadas, lo que tampoco contribuye a pacificar el ambiente. "Lo que persigue Al Shabab es una colonización completa, una imposición de la verdad, de su yihad", dice Hussein.

En Somalia, un estado fallido desde el inicio de su guerra civil en los años 90, hay desplegadas cientos de organizaciones humanitarias cuya base se encuentra en Kenia por motivos de seguridad. "Algunas de ellas pagan su tributo mensual a Al Shabab para dejarlas trabajar en sus campos de refugiados", reconoce a ELMUNDO una fuente humanitaria británica desde Somalia. Lo mismo hacen los grandes comercios de la capital y los bancos. Nairobi es hoy uno de los puntos calientes de su economía. Hasta 13 oficinas de cambio y envío de dinero en Nairobi, de dueños somalíes, formaban parte de su fuente de ingresos.

"Hay miembros del gobierno de Nairobi colaborando con Al Shabab. Y Kenia está beneficiándose de ello", explica Faruk, un conocido hombre de negocios somalí. "No hay que olvidar que también Al Shabab paga a la policía de Kenia, por ejemplo, para que no haga redadas en ciertas mezquitas. Estamos hablando de mucho dinero, de muchos intereses que hacen que la pérdida de 148 vidas merezcan la pena". El gobierno ha cancelado hasta la fecha 86 cuentas que, supuestamente, financiaban a la organización.

Los medios de comunicación juegan también un papel importante como medio propagandístico del acto terrorista. El nombre de Al Shabab ha estado estos días presente en cada casa del país, la inseguridad reina en ciertas zonas de Nairobi, donde la comunidad somalí es mayoría. "Tenemos miedo a las represalias", cuenta Maimuna. "Hay un fuerte rechazo hacia nosotros". Es este sentimiento de injusticia contra los musulmanes lo que Al Shabab utilizará para reclutar a nuevos jóvenes, su nuevo círculo vicioso para conseguir carne para la picadora.

viernes, 22 de mayo de 2015

CAMBIO CLIMÁTICO

En diciembre de este año se celebrará en París una importante reunión sobre los grades riesgos ciertos que el Cambio Climático ya está provocando en La Tierra. Los científicos llevan mucho tiempo, más de 30 años, informándonos de ello; pero ahora, además, el Cambio Climático se convierte en una seria amenaza a la Seguridad Nacional de los países. En este interesante artículo de Teresa Ribera y Antxon Olabe se desarrollan los contenidos que se debatirán en dicha cumbre. 



La alteración del clima de la Tierra ha sido causada por la masiva emisión de gases de efecto invernadero desde la revolución industrial. Entre 1750 y 2010, las emisiones totales han alcanzado los 2.585.000 millones de toneladas de CO2 equivalente. Como consecuencia del efecto invernadero generado por esos gases, la atmósfera se ha calentado 0,85ºC desde 1880. El incremento de la temperatura no ha sido homogéneo en el tiempo sino que se ha acelerado en décadas recientes. La temperatura es ya, o está cerca de serlo, la más elevada en el actual período interglacial que se inició hace 12.000 años.

La comunidad científica comenzó a alertar sobre los riesgos del cambio climático hace más de 30 años. Algunas de las personas decisivas en la temprana comprensión del problema fueron los científicos norteamericanos Stephen Schneider y Jim Hansen, quienes basaron sus análisis en el excelente trabajo de campo llevado a cabo por Charles David Keeling en la Isla de Mauna Loa. El climatólogo sueco Bert Bolin desempeñó, asimismo, un papel fundamental convenciendo a las Naciones Unidas de la necesidad de crear el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), cuyos cinco informes desde 1990 han sentado las bases científicas de la comprensión del problema.

Este Documento de Trabajo (DT) busca aportar reflexión y debate sobre algunos de los aspectos más relevantes de la política climática internacional en el contexto de la preparación de la importante cumbre de París en diciembre de 2015. De manera implícita se considera que el elemento decisivo en la reconducción de la alteración del clima es la voluntad política de las naciones, en especial la de los Estados decisivos de la comunidad internacional.

El Documento comienza por contextualizar las importantes decisiones presentadas recientemente por las tres mayores economías –la UE, EEUU y China– a la luz de los datos más recientes sobre las emisiones históricas, las de los últimos años (desde 1990) y las emisiones per cápita. Un mensaje importante de esta primera parte es que si tras esas decisiones otros grandes emisores adoptan una posición proactiva y presentan compromisos relevantes, la cumbre de París puede suponer un positivo punto de inflexión. En ese caso, los dos escenarios climáticos más disruptivos de los presentados por el IPCC en 2014 quedarían descartados.

El Documento defiende que una de las razones que han movido a la diplomacia norteamericana a fraguar el histórico acuerdo con Pekín ha sido la creciente consideración del cambio climático como un problema que afecta a su seguridad nacional. En ese sentido se presenta un detallado recorrido acerca de la evolución de esa reflexión, desde las posiciones pioneras europeas (informe Solana, tras los antecedentes del Pentágono y los intentos británicos de llevar el asunto al Consejo de Seguridad), hasta el desarrollo más sistemático en años recientes en EEUU. El Documento defiende que sólo la consideración de la crisis del clima como un problema de seguridad nacional e internacional por parte de los Estados decisivos será capaz de movilizar la energía política que se necesita para situar la trayectoria de las emisiones a lo largo de varias décadas en una dirección compatible con la preservación del umbral mencionado de los 2ºC.

A continuación se analiza la importancia de la adaptación y del fortalecimiento de la resiliencia, en especial en los países más vulnerables. En ese sentido, se subraya cómo la adaptación no puede considerarse exclusivamente una necesidad doméstica y residual. Requiere un mejor entendimiento de sus efectos transnacionales y un planteamiento estratégico que permita medir y analizar convenientemente las vulnerabilidades y las prioridades de acción. En estrecha relación con la problemática de la adaptación está el debate sobre la financiación climática. El acceso a financiación suficiente y previsible por parte de los países en desarrollo y el apoyo de las economías desarrolladas sigue siendo uno de los elementos más delicados de la política climática internacional, al continuar existiendo interrogantes acerca del cumplimiento de las promesas realizadas al respecto en cumbres anteriores. El DT explora, asimismo, los cambios que precisa el sistema financiero internacional para convertirse en una fuerza motriz en la transición hacia una economía global de bajas emisiones. En esa dirección se defiende la plena integración de la dimensión climática en el corazón mismo de las decisiones de inversión pública y privada, nacionales e internacionales.

A la hora de reflexionar sobre las respuestas, la salida a la crisis del clima requiere una transformación del sistema energético internacional hacia una economía de bajas emisiones, una transición hacia un modelo bajo en carbono en el horizonte 2050. En esa dirección, el Documento presenta algunas de las líneas básicas que en nuestra opinión habrían de orientar esa transición: la formulación de una visión estratégica a largo plazo, una hoja de ruta en el horizonte 2050; la extraordinaria importancia de la eficiencia energética y la apuesta por las energías renovables; la progresiva eliminación de los 540.000 millones de dólares de subsidios a las energías fósiles; y una nueva aproximación a la valoración de los crecientes riesgos asociados a aquellas reservas de recursos fósiles que pueden quedar sin explotar en el subsuelo si las naciones se comprometen con una trayectoria de bajas emisiones para 2050.

A modo de recapitulación, el trabajo concluye con las que, en nuestra opinión, son las claves para el éxito de la próxima cumbre de París. En dicha cumbre se espera alcanzar, al amparo de la vigente Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, un acuerdo que integre, por primera vez, los compromisos de mitigación de emisiones de todos los países- desarrollados, emergentes y en desarrollo-, para el período posterior a 2020. Una de las claves sin duda será asentar las bases de confianza y colaboración entre las naciones para activar un proceso dinámico de revisión y mejora de los acuerdos de mitigación a lo largo de los próximos años con el objetivo de reconducir la trayectoria de las emisiones globales. En ese sentido, el Documento propone que la próxima cumbre de alto nivel político tenga lugar en 2020 en Pekín, al ser China el mayor emisor y, en consecuencia, el país que tiene la llave principal de la reconducción de dichas emisiones globales.

Teresa Ribera
Directora del Instituto de Desarrollo Sostenible y Relaciones Internacionales (IDDRI), SciencesPo.

Antxon Olabe Egaña
Economista ambiental y experto en cambio climático (autor del libro “Homo Sapiens y Biosfera. Construir la esperanza, reconducir la crisis climática-ambiental”, de próxima publicación).

El artículo se puede ver en la web del Real Instituto Elcano. 

viernes, 15 de mayo de 2015

Un rompecabezas religioso

Javier Martín, el autor de Suníes y Chíies y Estado Islámico. Geopolítica del caos , escribió el pasado 12 de Abril este artículo en El País. ¿Qué es el salafismo? ¿el Wahabismo? ¿Han acentuado las primaveras árabes  las creencias religiosas? Os recomiendo su lectura. 

En 1979, un ladino ayatolá Rujolá Jomeini aprovechó el descontento popular hacia la dictadura del último sah de Persia, Mohamad Reza Pahlevi, para alterar los equilibrios estratégicos de la Guerra Fría y trocar la historia de Oriente Próximo. En aquellos tiempos de telones de acero y películas de espías, el socialismo árabe y las monarquías coloniales habían dejado paso a una sucesión de tiranías militares —Argelia, Túnez, Libia, Egipto, Siria, Irak— y viejas autocracias musulmanas —Arabia Saudí, Marruecos, incluso Jordania— que habían asfixiado cualquier tipo de oposición, especialmente si su naturaleza era islamista o salafista. Asido al populismo, Jomeini resucitó un conflicto político surgido tras la muerte de Mahoma —convertido siglos después en una disputa doctrinal— y lo transformó en una nueva batalla por la supremacía en el islam.

Cuatro décadas después, Irán —único país chií del planeta— y Arabia Saudí —principal reino suní— dirimen una contienda política que en los últimos años ha devenido en una cruenta guerra confesional de amplios y variados frentes. El islam se escindió en dos corrientes tras el deceso del Profeta, que no designó sucesor. Aquellos que consideraban que el liderazgo del protoestado debía corresponder a sus compañeros más cercanos son identificados hoy como los suníes; quienes respaldaban las pretensiones de Alí ibn Talib, yerno y primo del Enviado de Alá, se conocen como chiíes. En el año 661, un jariyí [disidente chií] decapitó a Alí en la mezquita de la ciudad de Kufa (Irak). Diecinueve años después, los suníes borraron gran parte de la estirpe de Alí en la batalla de Kerbala (Irak). Desde entonces, los chiíes se han quebrado en tres brazos y los suníes han disfrutado —hasta 1924— del califato, divididos en cuatro escuelas de pensamiento, huérfanos desde entonces todos ellos de una referencia única —ni política, ni religiosa— para los más de 1.200 millones de fieles (en torno al 85% suníes) que avanzado el siglo profesan la última de las tres religiones monoteístas.
Derrocado el sah —gendarme de EE UU en Oriente Próximo desde el fin de la II Guerra Mundial—, Occidente descargó el peso de su geoestrategia política sobre Arabia Saudí, pese a que en el reino del desierto impera el wahabismo, una interpretación literalista y casi herética del islam suní de la que se nutren la mayoría de los movimientos radicales islámicos del mundo (como Al Qaeda) y que comparte características con el actual Estado Islámico. Y aisló a Irán, transformado en el enemigo y en el paria de la región. Una relación interesada sostenida en las vastas reservas saudíes de crudo, que durante años han servido de venda en los ojos de Occidente frente al papel de Riad en el surgimiento del yihadismo y sus sistemáticas violaciones de derechos humanos.
En 2011, preocupado por el repunte de la violencia en Irak y el brote de las después fallidas primaveras árabes, Barack Obama tomó una decisión tan polémica como histórica. Arrinconó tres décadas de animadversión recíproca y autorizó negociaciones secretas con Irán. El presidente norteamericano asumía así un análisis que había sido desechado durante años por su predecesor: que cualquier solución a los conflictos de Oriente Próximo —incluido el palestino-israelí— demanda la presencia de los ayatolás en la mesa de los comensales. Irán sostiene el Gobierno chií en Irak; influye en el régimen dictatorial de Bachar el Asad; mantiene estrechos vínculos con el movimiento chií libanés Hezbolá y financia desde su origen al movimiento palestino Hamás (aunque este sea suní). Además, es el principal sostén de los grupos Huthi en Yemen en su lucha contra el Gobierno suní de Saná, vasallo de Arabia Saudí. Un Irán que mantiene, además, rentables relaciones políticas y comerciales con la Rusia de Putin, la Turquía del suní Erdogan y la China poscomunista.

El diálogo secreto ha fructificado en un preacuerdo nuclear que ha irritado por igual a Israel y Arabia Saudí, durante años extraña pareja de aliados frente a las aspiraciones persas. La inminencia del acuerdo ha exacerbado las diferentes guerras que Riad y Teherán libran desde hace decadas a través de sus aliados en la región por la preeminencia en el islam. Al tiempo que Irán y la comunidad internacional avanzaban en Lausana (Suiza), comenzó a arreciar de nuevo el largo y enconado conflicto en Yemen; y la oposición suní en Siria se preparaba para retomar la lucha contra el dictador proiraní. Solo un grupo ha concitado el rechazo de los dos rivales: el autoproclamado Estado Islámico, arraigado en el este sirio y las regiones suníes de Irak. Pero incluso en esto existe una marcada diferencia: mientras que Riad lo observa como una amenaza a su liderazgo en el islam suní, el régimen de los ayatolás entiende que es una oportunidad —su derrota solo es posible con la intervención de Irán— para reclamar la bandera que le fue arrebatada a los chiíes 14 siglos atrás.

viernes, 8 de mayo de 2015

¿Cual es ese islam que da miedo?

Tahar Ben Jelloun publicó en El País el pasado 9 de Abril este interesante artículo que nos muestra cómo es el Estado Islámico y cómo es su interpretación del Corán. A través de él podemos entender cómo se interpreta el texto sagrado de los musulmanes y el peligro de su literalidad para los intereses de algunos.  
¿Cuál es ese islam que da miedo? ¿De dónde viene? ¿Qué relación tiene con la realidad histórica y teológica? ¿Cómo se explica? No hay duda de que nos asusta, pues suscita preguntas, más aún al comprobar la fuerza con la que el terrorismo golpea en nombre del islam, donde y cuando quiere. Aunque la islamofobia sea real y preocupe a las sociedades europeas, solo es un aspecto más de la crisis desatada estos últimos años entre Occidente y una parte de Oriente.
El día en que un individuo que se hace llamar Al Bagdadi se autoproclamó califa, hace casi un año, y anunció la creación de un Estado Islámico con unas fronteras sin definir, ese día, se declaró la guerra a los musulmanes pacíficos, a los europeos y al resto del mundo. Nadie se tomó en serio su discurso. Nadie se puso a averiguar quién lo financia, quién le suministra tanto armamento, quién lo lleva hacia esa deriva cada vez más asesina. Se sabe que atracó los bancos de Mosul, que se apoderó de algunos pozos de petróleo y que vende el crudo en el mercado negro. Pero ello no basta para mantener un ejército y financiar a los grupos yihadistas procedentes de Europa y del mundo árabe.

Los musulmanes, como el resto del mundo, necesitan saber qué está pasando. ¿El comportamiento del Estado Islámico lo justifica el islam? ¿Es una herejía? ¿Es pura invención de Al Bagdadi, quien, tras haber pasado por las cárceles iraquíes, quizá quiera justificar su sed de mal y de poder para reinar sobre los musulmanes del mundo?

Cuando consultamos el Corán y algunas de sus interpretaciones, resulta evidente que el islam experimentó diversas fases de combate y de violencia, principalmente en sus inicios. Algunas aleyas [versículos de Corán] ordenan luchar con las armas hasta que el islam triunfe. Coinciden justo después de la hégira de Mahoma a Medina, en 622. El profeta tiene enemigos que no solo no creen en su mensaje, sino que intentan matarlo. La aleya 29 de la sura 9 [capítulo 9 del Corán] es clara, pero hay que leerla a la luz del contexto de entonces, y no del actual: “¡Combatid contra quienes, habiendo recibido la Escritura, no creen en Dios ni en el último Día, no prohíben lo que Dios y Su Enviado han prohibido, ni practican la religión verdadera, hasta que, humillados, paguen el tributo directamente!”. En esa misma sura, aleya 73, se dice: “¡Profeta! ¡Combate contra los infieles y los hipócritas, sé duro con ellos!”. Mahoma luchó contra sus adversarios, sobre todo contra los judíos de Medina y los adoradores de ídolos de piedra. El reconocimiento del mensaje divino siempre ha ido acompañado de dramas y tragedias. No hay más que ver la historia de las religiones. Pero aquello sucedía hace 15 siglos, en unas circunstancias y un contexto determinados, vinculados a la época en que las tribus de Arabia combatían entre ellas mucho antes de la llegada del islam.

El verdadero problema es que se invite al siglo VII a asentarse entre nosotros en la época moderna. Uno no puede desplazar los contextos y la historia a su antojo, según sus necesidades. En cambio, el Estado Islámico actúa como si los 15 siglos que nos separan de la aparición del islam hubieran sido borrados de un sablazo mágico.

Aunque minoritarios, algunos musulmanes son conscientes de la urgente necesidad de introducir reformas, de revisar algunos textos que son inaplicables y se han quedado caducos en el siglo XXI. Son musulmanes que están a favor del laicismo, de la enseñanza de los principios de tolerancia y respeto del diferente desde la infancia, que están a favor de los valores humanistas, y desean un islam sosegado, tranquilo y reservado a la esfera privada.

Pero esos combatientes movidos por el odio han hecho una lectura literal del Corán, tomando al pie de la letra lo que ha sido revelado. ¡Fuera metáforas, símbolos, distancia, inteligencia! Esa lectura estrecha y simplista, falsa en definitiva, es la que por desgracia se impuso desde el siglo XVIII, desde que Mohamed Abdel Wahab, un teólogo saudí, aplicó el dogma de la sharía, que ha dado lugar a ese islam rígido e integrista denominado wahabismo. Arabia Saudí y Qatar siguen ese rito.

¿Cómo puede atraer ese mensaje brutal del Estado Islámico a unos jóvenes europeos de cultura musulmana o conversos? Esa visión del islam y de sus promesas seduce a unos chicos de identidad poco consolidada que se imaginan que en ese combate hallarán su razón de ser y de vivir. El discurso y las acciones criminales de Al Bagdadi han sido posibles porque en la mayoría de los países musulmanes el sistema democrático y el Estado de derecho no están realmente establecidos; porque la sociedad occidental no ha dado una oportunidad a esos jóvenes de origen inmigrante, y ello ha facilitado que se sientan atraídos por la arriesgada aventura de la yihad; porque son percibidos como europeos de segundo orden y constatan que impugnar el sionismo y solidarizarse con los palestinos se considera antisemitismo; porque el discurso de los que los reclutan los convence, y suponen que han encontrado lo que les falta: una identidad que los reconforte y les dé seguridad. ¡Lo paradójico es que su razón de vivir los conduzca a morir como mártires con la promesa de un paraíso!

Algunos se van a Siria y a Irak por estos motivos, otros lo hacen por afán de aventura y por dinero. El Estado Islámico es rico y paga a sus combatientes con dinero contante y sonante. El islam se extravía entre esas consideraciones, y así podemos ver a mujeres de negro, tapadas de la cabeza a los pies, que reprochan a otras, también cubiertas de arriba abajo, que el manto que las cubre no sea lo bastante tupido… Y en nombre de ese islam nostálgico de sus primeros tiempos, el Estado Islámico ocupa la tercera parte de Irak y la cuarta parte de Siria. Es lo que la coalición internacional desearía evitar con sus bombardeos cada vez más intensos. Pero ahora ya sabemos que esas intervenciones no son eficaces y que la solución ha de llegar de los propios países musulmanes. Tardará en dar sus frutos, pero se podría empezar por pequeños y sencillos pasos, tales como revisar los manuales escolares, poner en práctica una pedagogía ambiciosa para luchar de manera profunda y objetiva contra la ignorancia, contra esas desviaciones que llevan al terrorismo y a ese miedo absurdo al islam y a los musulmanes.

viernes, 1 de mayo de 2015

Respuestas a la amenaza terrorista en el Magreb

En muchas ocasiones es difícil entender el porqué de la amenaza terrrorista. Y es aún más difícil comprender cómo nos afecta todo lo que ocurre en la orilla sur del Mediterráneo. En este magnífico artículo Eduard Soler i Lecha, coordinador de investigación del CIDOB, nos aporta cinco soluciones que además de  lógicas, tienen plena  vigencia hoy día. 


No es fruto del azar que Túnez haya sido golpeado por el terrorismo. Como tampoco lo es que los atacantes apuntaran directamente al turismo y al Parlamento. Ha sido un atentado contra la democracia y la apertura de Túnez al exterior y es fácil concluir que los terroristas medirán su éxito, no sólo en función del número de víctimas, sino por el impacto nocivo que pueda tener tanto para la transición tunecina como para la frágil economía de este país. Por lo tanto, la respuesta a este atentado, y en términos generales a la creciente amenaza terrorista que sufren los países del Magreb, debería articularse no sólo con el objetivo de evitar nuevos atentados sino también con el de preservar aquello que los terroristas quieren destruir.

No es la primera vez que Túnez sufre un atentado de estas dimensiones. En abril de 2002 Al Qaeda reivindicó un atentado contra la sinagoga de la Isla de Djerba asesinando 19 personas, mayoritariamente turistas alemanes y franceses. Más recientemente, y especialmente desde 2013, la amenaza terrorista en Túnez había tomado cuatro formas distintas: asesinatos políticos contra personalidades del proceso constituyente; implantación de células terroristas en la cordillera Chaambi, en la frontera con Argelia; incorporación de más de 3.000 tunecinos en las filas de la organización Estado Islámico que en este momento están en Siria e Irak pero que pueden volver a su país; la inseguridad causada por el conflicto en Libia, especialmente por haber inundado de armas el mercado negro de toda la región y cuyos efectos son especialmente visibles en el sur de Túnez.

Hace más de diez años, tras los atentados de Djerba, el régimen de Ben Alí utilizó la amenaza terrorista para endurecer la represión política, legitimar un régimen autoritario y corrupto y ofrecerse a la Unión Europea y a los Estados Unidos como un socio leal contra un enemigo común. Pero no todas las respuestas de Túnez contra el terrorismo han sido tan desafortunadas. Aunque el asesinato de personalidades de izquierda en 2013 aumentó la tensión en el país, finalmente tanto los políticos como la sociedad civil optaron por la inclusión y el consenso como vías para sacar adelante la transición. Asimismo, respecto a Libia, Túnez se ha significado como una de las voces que, como Argelia o la propia Unión Europea, insiste que la reconciliación nacional es la mejor medida para poder combatir el terrorismo en el país vecino. De los errores y aciertos del pasado, y de otras experiencias en el combate de esta amenaza, podemos distinguir cinco elementos que deberían formar parte de una estrategia para hacer frente al terrorismo en el Magreb.

1. Unidad entre fuerzas políticas y sociales: cuando un país sufre un atentado, siempre hay riesgo de instrumentalización política. Si eso sucede, aumenta la polarización política y social y ello acaba generando condiciones todavía más propicias para procesos de radicalización. Egipto o Libia son claros ejemplos de lo contraproducente que puede ser no invertir en el consenso político para hacer frente a la amenaza terrorista. De hecho, el espiral de violencia que sufrió Egipto durante la segunda mitad de 2013 empujó a los políticos y a la sociedad tunecina a dejar a un lado las diferencias para completar el proceso constituyente con un alto nivel de consenso. Es esa unidad lo que Túnez sigue necesitando ahora y lo que otros países de la región deberían explorar para evitar que la situación continúe degenerando.

2. Colaboración internacional: en la medida que el terrorismo es una amenaza global y un fenómeno transnacional, compartir información y capacidades técnicas para combatirlo se ha convertido en una necesidad ineludible. De hecho, la cooperación en materia anti-terrorista entre los cuerpos policiales y los servicios de inteligencia europeos y de sus homólogos magrebíes lleva años desarrollándose. No obstante, uno de los obstáculos para ir más lejos había sido, y en algunos casos continúa siéndolo, las prácticas autoritarias y represivas de sus gobiernos. Es decir, el uso que para otros fines puedan hacer de esa información o esa cooperación técnica. Pero este no es el caso de Túnez ya que, aunque queden restos del antiguo régimen en algunas estructuras del estado, el país ha hecho progresos notables, además en un contexto especialmente adverso. Y esto debería traducirse en un nivel de cooperación máximo. Además, hay que añadir nueva dimensión en la lucha anti-terrorista en la que la cooperación entre europeos, tunecinos y el resto de estados del Magreb es de vital importancia. Todos ellos tienen como reto compartido el frenar (e idealmente prevenir) procesos de radicalización y preparar una estrategia ante el posible retorno de combatientes que en este momento se encuentran en Siria e Iraq.

3. Visión regional a largo plazo: del mismo modo que algunas expresiones del terrorismo como Al Qaeda del Magreb Islámico y sus escisiones hunden sus raíces en el conflicto civil que vivió Argelia en los años noventa, la situación de crisis que hoy sufre Libia está alimentando el terrorismo a escala regional, y sus efectos también se prolongarán en el tiempo. Si algo ha quedado claro en los últimos veinte años, es que ningún país es inmune a una situación de inestabilidad de sus vecinos. No es casual que algunas de los atentados terroristas más recientes, como los de In Amenas en 2013 o los de Chaambi en 2014, hayan sucedido en zonas fronterizas. Por lo tanto, la respuesta a la amenaza terrorista en el Magreb no puede ser exclusivamente nacional y tiene que diseñarse con un horizonte temporal amplio. Además, debería tener en cuenta las dinámicas de seguridad en espacios geopolíticos colindantes. Las conexiones entre el Magreb y el Sahel (véase la situación de Mali tras la caída de Gaddafi o las redes de crimen organizado transfronterizas) y entre el Magreb y Oriente Medio (por ejemplo con la abultada presencia de los combatientes magrebíes en Siria) son evidentes.

4. Lucha contra el tráfico de armas: cuando uno habla con amigos tunecinos es habitual escuchar la frase de que “nunca había sido tan fácil y tan barato comprar un Kalachnikov en el mercado negro”. Un informe reciente del International Crisis Group también apuntaba a los vínculos entre comercio de armas y tráfico de drogas, especialmente en la frontera sur de Túnez. El conflicto en Libia, y sobre todo la desastrosa gestión tras la caída de Gaddafi, han alimentado un fenómeno al que parece que las autoridades tunecinas no han sabido o no han podido responder. En un momento en que los procesos de radicalización son más rápidos e individuales, la facilidad para adquirir armas es un dato doblemente inquietante. Evitar que entren nuevas armas y sacar de circulación las que se han adquirido previamente debería formar parte de cualquier estrategia de prevención.

5. Resiliencia: La lucha anti-terrorista no debería ser sólo un conjunto de acciones cuyo objetivo sea prevenir atentados y desarticular organizaciones criminales. También debería incluir medidas para que las sociedades que lo sufran puedan sobreponerse tras acciones terroristas de gran envergadura o mantener una cierta normalidad a pesar del riesgo de inseguridad permanente. Si algo saben los países que han sufrido el terrorismo durante períodos prolongados de tiempo es la importancia de atender adecuadamente a las víctimas y conseguir desarrollar una vida cotidiana lo más normal posible. De lo contrario, los terroristas habrán alcanzado parte de sus objetivos. Además, en la medida en que el terrorismo en el Magreb no es sólo es una amenaza de seguridad sino también un torpedo en la línea de flotación de una economía vulnerable, la resiliencia también tiene que ser económica. Si las perspectivas de crecimiento no mejoran y no se crean más puestos de trabajo, la situación de seguridad sólo empeorará. Por lo tanto, el atentado de Túnez debería movilizar una solidaridad internacional que vaya más allá de bonitas palabras y palmaditas en el hombro.

Si los terroristas querían atacar la democracia y el turismo en Túnez, la mejor respuesta es aquella que consiga apuntalar el proceso de apertura política y evitar el colapso económico del país. La unidad entre las fuerzas políticas y sociales, la colaboración internacional, una visión regional y a largo plazo de esta amenaza, una reducción significativa de las armas en el mercado negro y medidas que aumenten la resiliencia ante un riesgo que desgraciadamente no desaparecerá son recomendaciones válidas para Túnez pero que también para el resto del Magreb.


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